La casa de Amanda

Árbol de Navidad

Entré a la sala de estar y me intimidó su suntuosidad pero al mismo tiempo me invadió un halo acogedor indescriptible que en breve me dio quietud y comodidad. Me hundí en el asiento mullido de uno de sus grandes muebles y no tardé en escuchar una dulce melodía, como gotas armoniosas sobre un cristal, unas finas notas de piano como campanillas que repican en Navidad. Me fijé en la alfombra, suave, acolchada de color marrón y bordó y descansé en ella mis pies dentro del zapato de charol que vestí para la ocasión.
En vista que no venía nadie me asomé al árbol de Navidad envuelta en la preciosa nota musical que venía desde el salón. Miré de cerca las bolas doradas y rojas y de pronto, de entre las ramas verdes saltó a mi mirada un sobre pequeño cuyo destinatario era Santa Claus. Lo abrí sin remordimientos porque en seguida deduje que la había hecho un niño para gracia de sus padres y adultos y desdoblé la cartita con especial asombro para leerla.
“Querido Papa Noel, este año me porté bien, mis calificaciones fueron 15 en Matemática y 16 en Lengua; perdóname porque no fui bueno en Ciencia y Ambiente y a veces no me porté bien en el colegio. Quiero un MP4, una bicicleta y regalos. Te quiero mucho. Juan” La letra era en cursiva, grande y redonda, hecha con lápices de colores y el texto adornado con figuras de calcomanía. Noté el esfuerzo y sobre todo, la seriedad con que fue hecho.
_ Hola – me saludó una pequeña voz detrás de mí. Me volví enseguida dejando la carta entre las ramas del árbol y medio avergonzada y en apuros respondí a la anfitriona que me miraba atenta con sus redondos ojos marrones:
_ Hola. Tú debes de ser Amanda.
_ Sí… ¿qué hacías? – preguntó sin demora.
_ Eh… leía la carta de… a Papa Noel – respondí con temor.
Amanda sonrió sin decirme nada. Me tomó de la mano y me llevó hasta el salón desde donde venían las notas del piano. En el trayecto me informó:
_ Mi abuelo me dijo que te trajera hasta aquí… – y cuando apenas terminaba de hablar entramos en la enorme sala dorada de la casa y dorada porque el resplandor de las luces de sus enormes lámparas le daban ese color que no dejaba lugar a las sombras. Un joven sentado al piano era el autor de la dulce melodía, se volvió hacia nosotras al vernos entrar y de una puerta central salió el profesor Matías.
_ Briseida, le pedí a Amanda que te trajera aquí para que disfrutes del piano – Me explicó acercándose a mí para luego llevarme del brazo hasta donde se encontraba el joven pianista.
_ Rey, te presento a mi alumna, Briseida.
_ Briseida, Rey es mi nieto. – dijo mientras Rey y yo nos dábamos un beso de saludo. Luego comentó las razones por las que me había llevado a su casa mientras yo me deslumbraba con la decoración y pulcritud del lugar; más que una casa parecía un palacio por dentro.
_ Aquí vivo yo con mis dos nietos – concluyó.
_ ¡Muy linda casa! – le dije con toda sinceridad y sin reparos. Rey se sonrió y con esa sonrisa fue a lo único que respondió de todo lo que había escuchado hasta en ese instante.
_ Ven, vamos a tomar un té o leche o lo que gustes – me dijo el profesor y nos sentamos en los sofás próximos al piano. De la puerta central, la misma de donde salió el profesor, apareció ahora una mujer menuda, blanca, de piel rugosa y muy risueña.
_ ¡Eva, mi esposa! – me la presentó ni bien la vio.
_ ¡Hola! – me saludó ella muy sonriente y afable – ¡Ya Braulio me había hablado mucho de ti!- añadió sellándome con un beso imperceptible, la mejilla.
_ ¡Ella es la autora de toda esta magia! – dijo el profesor refiriéndose a su casa tan arreglada.
_ ¿Braulio?… – Pregunté yo con desconcierto.
_ Oh, sí mi nombre es Matías Braulio – explicó el profesor. No lo supe hasta ese momento.
Comenzamos la plática y Rey siguió en el piano hasta el final, tomamos café, leche, té y comimos galletas y dulces; hasta que les comenté, confiada en el clima ameno que se había instalado entre nosotros:
_ Me tomé el atrevimiento de leer una cartita a Papa Noel que encontré en el árbol de Navidad… ¿Juan es otro nieto de ustedes?
Los dos se miraron y el joven pianista dejó de tocar.
_ …Lo siento – atiné a decir contrariada.
_ No, no te preocupes… la historia es larga – Señaló el profesor.
Me contaron que el árbol de Navidad había sido comprado en Italia por doña Eva en una casa de antigüedades hace ya varios años y que desde entonces ocurrían extraños sucesos en casa a los que ya se habían acostumbrado. Quien más disfrutaba con todo eso era Amanda que parecía llevarse muy bien con el árbol.
_ Cuando entraste ¿no sentiste el ambiente acogedor? – Me preguntó la esposa del profesor.
_ ¡Ah, sí, sí… una sensación de paz y acogida muy grata! – Describí entusiasmada.
_ ¡Es que le caíste muy bien al árbol! – comentó la señora.
Y luego me contaron lo más asombroso. Aquella carta no era de nadie conocido, es más, ellos no la habían visto, por lo tanto, no sabían de qué les hablaba. La única explicación que tenía doña Eva a todo esto era su propia deducción de los hechos.
_ El árbol saca cosas de sí… – explicó – Hoy te asomaste y te dio una carta de Papa Noel, mañana te asomas otra vez y te dará otra cosa… Luego, si vuelves por la carta no la encontrarás más o sí… todo dependerá del humor del árbol.
_ ¡¿Entonces de dónde sacó esa carta?!
_ ¡Pues no sabemos! – dijo doña Eva levantando los hombros y las cejas a la vez.
_ Yo sé de dónde… bueno, sospecho – dijo el profesor Matías – Las toma de otros sitios. Tiene la habilidad de cruzar dimensiones.
_ ¡¿Ah?! – exclamé yo dominada por el asombro.
_ Y sí – comentó al fin el joven Rey que hasta entonces no había dicho nada – porque la carta que leíste debió ser auténtica y así con otras cosas… A mí un día me dio un bastón pequeño, lo conservo todavía. Está muy bien hecho y no puede haber sido un invento fantasioso. – Acotó.
Visité esa mansión con el fin de conocer a Amanda, la pequeña de nueve años a la que daría clases de Gramática en las tardes de verano y encontré no sólo a una niña encantadora y su familia sino a un mágico árbol de navidad que me dio la bienvenida. En las tardes de clases Amanda me contó sobre los cientos de sucesos extraños que se dieron en su casa entorno al árbol de Navidad.