Dos latidos

El restaurante a la orilla del mar -

El restaurante a la orilla del mar –

Murió atorado. Murió atorado y atolondrado, lo peor del asunto es que estaba por decirme algo importante, mucho más que eso, ¡interesante! Estaba contándome la historia que tuvo con aquella mujer la de los ‘dos latidos’.

Se sentía abrumado, estaba incómodo, intranquilo, debía volver a la oficina pronto y sin embargo, había encontrado un diminuto espacio en su agenda para contarme, conversar conmigo y decirme lo que lo aquejaba, y fue a la hora del almuerzo cerca de su trabajo, allá por el centro financiero en el restaurante Las Palmeras, donde nos dimos cita. Me contó que desde que había terminado con aquella mujer todo le había salido de mal en peor, pérdidas de dinero, problemas en el trabajo, achaques y constantes fiebres inexplicables y desvelos.

No puedo dormir, de cada tres noches dos no duermo, comenzó diciéndome. Que cuando apagaba las luces de su dormitorio y cuando toda la casa estaba a oscuras se sentía intranquilo cual si una plaga de ratas se desatara por debajo de los muebles. ¡Qué demonios!, se estremecía, no sé lo que me pasa y lo peor es que me he acostumbrado; ¡hace dos años de eso y ya hasta me he acostumbrado a lo anormal!

 Tú que eres tan religiosa, me dijo, ¿no tendrás alguna explicación a lo que me ocurre o al menos… una salida?

Explicaciones, bueno, alguna, le dije. Tengo alguna explicación pero cómo saberlo, tendría que contactarte con don Sebastián.

 ¿Quién es él?… Bueno, mira… luego te explico, le dije. Ahora lo que me tienes que decir es qué hace que pienses que es algo “anormal”. Bueno, qué sé yo… dijo mostrándose confundido y sintiéndose renuente a hablar. ¡¿Qué soluciones tendrías, tendrás alguna?!, de súbito volvió a insistir levantando los ojos para mirarme poniéndole énfasis a su pregunta pues sí que estaba necesitado y era urgente.

Sí, tengo salidas, pero dime qué cosas te han ocurrido porque a lo mejor todo lo que necesitas es un psicólogo, acoté.

¡Loco no estoy aunque a estas alturas puedo parecerlo! Además que he pasado por dos psicólogos y un psiquiatra y ninguno me ha diagnosticado nada alarmante, salvo cierta neurosis y demasiada tensión por la vida monótona que llevo. Todas las horas de mi vida, desde que se fue ella, las he llenado con trabajo, tabaco y sudores febriles, he perdido el gusto por vivir; los fines de semana son mi tormento no me apetece hacer nada y siento un miedo terrible a la caducidad de la vida, ¿no te das cuenta que el tiempo pasa y las cosas se deterioran y tú misma ya no eres la misma…?

Se quitó los anteojos y pude ver sus ojeras pronunciadas como un aura negra alrededor de sus ojos. Sentí lástima, suspiré profundamente y  entonces comencé a evocar: Qué diferente estás al tiempo en que éramos adolescentes y fuimos novios ¿te acuerdas? Él me miró sorprendido… retiró los codos del contorno de la mesa y me dijo: Bueno, Irene, eso fue ya hace tanto tiempo que… Entonces me reí, rompí en carcajadas, ¡no me digas hombre que no lo recordabas! Claro que sí, me dijo, por supuesto que sí… pero es que me parece tan raro que hayamos sido novios tú y yo cuando la mayor parte de la vida nos la pasamos siendo muy amigos. ¡Grandes amigos!… corregí yo, ¡grandes amigos… Rafael!… y tan sólo fuimos novios dos meses y eso que tú me tomaste para olvidar a esa otra chiquilla. ¡Mara!, Mara se llamaba, añadió él, Oh sí, Mara… ¿qué será de ella? No supe nada, se mudó y no volví a saber de ella.

¿Y a qué vino el recuerdo de que fuimos novios?, dijo extrañado; a que de pronto te vi tan diferente, le contesté y continué diciendo como quien piensa en alto: Eras enérgico, eso me gustó siempre de ti… un soldado firme. Éramos de la marcha juvenil militante más aguerrida de Acción Católica, ¿te acuerdas? Sí, dijo él con una mueca muy parecida a una sonrisa. ¿Dónde quedó ese Rafael? No lo sé… murmuró mirando cómo el viento se llevaba de prisa un grupo de hojas secas por la pista de enfrente. Me alejé de Dios, me alejé de todo…De todo lo sustancial, Rafael, insistí yo, por eso estás como estás. Pero no de ti, acotó; no me alejé de ti que te quedaste tan religiosa tan… cucufata!, sí, sí dilo, tan cucufata y mira que esta cucufata viene hoy a servirte eh? Nos reímos. ¡Eres una vieja cucufata, Irene! Sí, como quieras, si viene de ti, lo que quieras, le dije cariñosamente.

Entonces, cuando noté que se había serenado volvió al presente y a enfrentar sus oscuros tormentos. Volvió la niebla sobre su mirada pero pudo proseguir su relato con renovada calma.

Hace mucho que no rezo… es que no puedo, Irene, no puedo, y se quitó los anteojos otra vez, se llevó la mano a la boca con preocupación y no dijo más. El demonio de las soledad te ha enloquecido, hombre, le dije, estás así porque no te quisiste casar, no quisiste una familia, te dedicaste a trabajar y trabajar… y mira cómo estás, vives solo, intranquilo… estás roto Rafael. No, Irene, intentó explicar, no es la soledad la que me ha fundido, es esa mujer con la que me metí hace tres años… ella me jodió la vida. ¡Cómo va a ser, hombre si la dejaste, ella se fue y ya está! No, Irene, ella no se ha ido, ella me ha hecho algo. ¿Qué dices?… Para eso te he citado, para contarte y para que me ayudes a buscar una salida a este infierno.

Explícate le dije y fue cuando tras un bocado  sintiéndose sofocado, tosió levemente y prosiguió. Irene, un día ella me propuso visitar a un curandero… No sé si te has fijado que en los postes de alumbrado eléctrico, en las calles, hay unos cartelitos con números de teléfono y nombres de curanderos que dicen ser expertos en la “unión de parejas”. Bien pues, fuimos, fuimos los dos a un curandero que se hacía llamar ‘dos latidos’, nunca supe porqué, seguramente intentaba con ese nombre hacer una alusión cursi a su supuesta función de Cupido.

Yo salí de ahí  enojado, sólo fuimos por información pero me pareció una idiotez. Creo que eso a ella la ofendió y el asunto se sumó a la lista de riñas por las que ya veníamos atravesando. Poco tiempo después rompí con ella porque… en fin, para qué darte más detalles, suficiente con decirte que era una bruja, ¡sí, una muy mala bruja! Y bueno, Irene, qué casualidad que tras la ruptura me haya comenzado a ir en todo tan mal. Apenas hubo terminado le comenzó una sofocante tos que no le menguaba ni con los vasos de agua que ya se iba bebiendo.

¿Qué quieres insinuar?, le propuse al instante luego de haberse recuperado y él, en medio de todo, con el plato de comida a mitad, tosiendo otra vez y tornándose colorado y algo sudoroso,  alcanzó a decir: Estoy seguro de que me ha hechizado. La tos le volvió áspera, cual si un tornado feroz hubiese querido atravesar su oscura y angosta garganta, desajusté tan pronto como pude su corbata… le di golpecitos en el hombro y en un segundo todo se hizo incontrolable. La gente de alrededor comenzó a murmurar, dos meceros se acercaron a ayudarme. Él paraba tan solo para aspirar aire y luego seguir tosiendo, sobre su frente amoratada y húmeda saltaba una gruesa vena a punto de estallar. Uno de los mozos algo pálido por la situación quiso echarle la culpa al ají. No, no… él no come ají, le dije.

¡Un médico, por favor un médico!, comenzó a gritar una mujer de la mesa contigua, yo ya no sentía ruido alguno y sólo veía a la gente moverse de un lado a otro en cámara lenta. Desparramado sobre la silla, apenas atiné con la escasa conciencia que me quedaba a abrirle los botones de la camisa y mientras eso noté que ya no emitía ningún gemido, ya no tosía, se había quedado en suspenso con los ojos desorbitados. Al fin llegó alguien a ayudarnos pero él no daba signos de resistencia, no parpadeaba ni volvía a hacer intentos de aspirar aire, se había quedado inmóvil con el rostro petrificado al rojo vivo, de pronto vimos cómo sus brazos cayeron sin fuerzas a los costados de su robusto y abatido cuerpo. Enseguida la sirena de la ambulancia tensó aún más la trágica atmósfera que esa tarde había invadido el restaurante y en un instante vinieron unos paramédicos para llevárselo; rápidamente lo revisaron y en el acto uno se puse de pié y me dijo: Lo sentimos mucho señora, es demasiado tarde… no ha resistido; su esposo ha fallecido.

Murió sentado con tos y atorado. La autopsia reveló que la excesiva y repentina tos que le sobrevino le hizo atorarse con restos de comida. El caso es que se fue al más allá atragantado y sin ninguna explicación a la repentina y extraña tos que lo sofocó los últimos diez minutos de su vida, se fue y sus últimas palabras fueron: Estoy seguro de que me han hechizado. Se fue sin que le diera su jalón de oreja por lo que había hecho, ¡cómo pues iba a estar con una mujer de esas, una mujer de curanderos y demás supercherías!, ¡cómo iba a ir a ese lugar llamado ‘dos latidos’, cómo iba a creer que allí algo bueno le iban a hacer cuando nada bueno viene del diablo!

Pobre Rafael, pero qué linda tarde la de su muerte, tan repentina, un día miércoles a las catorce horas, cuando faltaba poco para que volviera al trabajo, justo cuando la vida transcurría igual de agitada como siempre, bajo ese sol y esas palmeras del restaurante, sentado a la mesa comiéndose ese cabrito norteño y tomándose esa chica morada, con su traje puesto, su celular en mano. Oh, pobre Rafael y qué repentina muerte de tos en pleno día en la mesa de un restaurante en medio de una amena conversación conmigo, a mitad de relatarme una historia que nunca debió haber vivido.

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Rumores

Serpiente - Lola Beneytez Martin

Serpiente – Lola Beneytez Martin

Es increíble, la conocí en las reuniones sociales, sólo en la pista de baile y el brindis. Una sonrisa, apenas una venia, pero me enteré de su vida como si fuera su mejor amiga. Es que soy amiga de su amiga, ustedes saben cómo son esas cosas.

En cada cumpleaños de Marta, en cada festejo de lo que fuere en su departamento ahí siempre estoy yo y siempre está ella entre otros tantos conocidos y algunos desconocidos, por supuesto; y tan sólo en esas idas y venidas a veladas, reuniones y té de tías me enteré de su vida, pobre.

Es viuda y tiene una hija con síndrome de down, se casó ‘mayor’, es decir bastante grande, quiero decir vieja… ustedes me entienden, mucho más allá de los treinta. No es bonita, más bien simpática, se le nota amable y de buen trato. Nunca la vi sin esos anteojos con unas lentes como de fondos de botella y siempre con el mismo peinado y la misma ropa modesta, la típica pinta de secretaria modosa y miope; pero es abogada y de las buenas, trabaja en la misma firma que Marta. Su nombre es Uganda, sí como el país africano.

La conocí soltera, mucho antes de que se case y pobre, lo que sufrió para encontrar novio, hasta que lo encontró. Un vago mal parecido – feo- que hasta se atrevió a chantajearla diciéndole que si no se casaba con él, ella no se casaría con nadie porque era fea. ¡El colmo, el feo se atrevió a llamarla fea!,  pero aquél era más que eso, era espantoso, porque Uganda aunque fea, es buena y muy inteligente, es trabajadora y sensible, una mujer responsable; en cambio él no trabajaba, no se bañaba, no se afeitaba y sufría las horas – aunque las horas sufrirían más con él – haciendo tiempo, !haciendo nada!

Lamentablemente se casaron; sí, ella accedió a su petición de matrimonio y se casaron. El feo y la fea se casaron, la trabajadora y el bueno para nada se dieron el sí un día lluvioso del mes de marzo, me lo contó Marta una de esas tardes de sábado mientras la veía sentada a un extremo de la sala conversando con fulano de perencejo. Oh, pobre mi amiga no sabes la última… comenzaba Marta su relato y yo me enteraba mientras la miraba bebiéndose el wisky, pobre, al otro extremo de la reunión.

Con el tiempo me enteré que quedó embarazada y que sólo ella trabajaba a brazo partido para mantener a la familia, que el vago de Alfonso no encontraba trabajo y bueno, que como si todo eso fuera poco la niña le salió enferma. Qué vida tan trágica.

Marta y yo somos amigas de infancia, ella se casó y tiene seis hijos, dice que es feliz, porque hay que ver que todo depende de lo que se diga no tanto de lo que es realmente. Yo tengo novio, por ahora, claro; de hecho soy más joven que Uganda, de eso sin duda.

Lo cierto es que hace unos días, en una fiesta de esas que organiza Marta los fines de mes la volví a ver, ahí estaba como siempre, con su hija ya grande pero sin su marido ¿qué había pasado?, que el tonto se había pegado un tiro, sí. Se suicidó en su departamento hace cinco meses. Pobre mujer, lo que le faltaba, aunque trascendió un indecible alivio entre todos los que veían de cerca la trágica vida de Uganda Chuquín, mejor que se haya muerto, decían, así no tendrá que mantener más a un hombre vago y bueno para nada que ya le hacía la vida imposible. A lo mejor, en lo más profundo de su corazón Uganda también sintió ese gran alivio, quién sabe y quién a fin de cuentas sabe algo si todo lo que se ha sabido de Uganda ha sido sólo por los rumores.

La carta en el Panteón

Castaño - Julio Álvarez

Castaño – Julio Álvarez

Es un recuerdo remoto, casi borroso, como un sueño, pero posible de contar. Era yo joven aún y estaba con ella, mi vieja amiga Alba, pequeña como siempre y con su voz cantarina. Ambas estábamos paradas en el cementerio de junto al mar allá en el pueblo de Belmonte. El cementerio de construcción moderna no tenía ni una sola tumba antigua, todas eran de estos tiempos, todos muertos frescos y ahí descansaba en paz Constanza y a eso habíamos ido, a mirarla, a regalarle una flor rosada y nuestras oraciones.

Subimos y bajamos por el ascensor y desde él pudimos contemplar las crestas blancas de las olas. Era tarde ya, aunque no anochecía, el cielo era medio gris tempestuoso pero no había amenaza de tormenta. Cuando bajamos paseamos entre los pabellones pisando sobre hojas secas que como alfombras abrigaban el frío suelo de mármoles. Nos detuvimos a leer nombres de desconocidos y fue cuando pisé un sobre, me incliné a recogerlo, lo abrí. Era una carta dirigida a mí. Un viejo ex novio, de hace diez años, que me escribía. Puedo ver aún su letra redonda inclinada hacia adelante “Ahora estoy saliendo con una chica de aquí”, me decía y yo estallé en gozo. Qué alegría, pensé, qué bueno y yo…, me apresuré a decirle en voz alta mirando la carta, ¡y yo creo que también saldré con alguien de por aquí. Es lo mejor para los dos!… pensando en mi marido Francisco, que en ese entonces flirteaba conmigo diciéndome que tenía una buena figura y que podía ser modelo de catálogos. Si lo dices, le decía, ve y trae tu cámara fotográfica y tómame fotos. Francisco era fotógrafo y en poco tiempo, nos casamos.

A esas alturas no sabía dónde estaba Alba. Sólo recuerdo que pronto nos vimos saliendo de ahí por el enorme zaguán de roble del panteón entre dos viejos árboles de troncos gruesos; el viento corría, las hojas doradas caían y sentimos frío.

Lo que no recuerdo es cómo fue que encontré la carta ahí. Eso no lo recuerdo.

La casa de Amanda

Árbol de Navidad

Entré a la sala de estar y me intimidó su suntuosidad pero al mismo tiempo me invadió un halo acogedor indescriptible que en breve me dio quietud y comodidad. Me hundí en el asiento mullido de uno de sus grandes muebles y no tardé en escuchar una dulce melodía, como gotas armoniosas sobre un cristal, unas finas notas de piano como campanillas que repican en Navidad. Me fijé en la alfombra, suave, acolchada de color marrón y bordó y descansé en ella mis pies dentro del zapato de charol que vestí para la ocasión.
En vista que no venía nadie me asomé al árbol de Navidad envuelta en la preciosa nota musical que venía desde el salón. Miré de cerca las bolas doradas y rojas y de pronto, de entre las ramas verdes saltó a mi mirada un sobre pequeño cuyo destinatario era Santa Claus. Lo abrí sin remordimientos porque en seguida deduje que la había hecho un niño para gracia de sus padres y adultos y desdoblé la cartita con especial asombro para leerla.
“Querido Papa Noel, este año me porté bien, mis calificaciones fueron 15 en Matemática y 16 en Lengua; perdóname porque no fui bueno en Ciencia y Ambiente y a veces no me porté bien en el colegio. Quiero un MP4, una bicicleta y regalos. Te quiero mucho. Juan” La letra era en cursiva, grande y redonda, hecha con lápices de colores y el texto adornado con figuras de calcomanía. Noté el esfuerzo y sobre todo, la seriedad con que fue hecho.
_ Hola – me saludó una pequeña voz detrás de mí. Me volví enseguida dejando la carta entre las ramas del árbol y medio avergonzada y en apuros respondí a la anfitriona que me miraba atenta con sus redondos ojos marrones:
_ Hola. Tú debes de ser Amanda.
_ Sí… ¿qué hacías? – preguntó sin demora.
_ Eh… leía la carta de… a Papa Noel – respondí con temor.
Amanda sonrió sin decirme nada. Me tomó de la mano y me llevó hasta el salón desde donde venían las notas del piano. En el trayecto me informó:
_ Mi abuelo me dijo que te trajera hasta aquí… – y cuando apenas terminaba de hablar entramos en la enorme sala dorada de la casa y dorada porque el resplandor de las luces de sus enormes lámparas le daban ese color que no dejaba lugar a las sombras. Un joven sentado al piano era el autor de la dulce melodía, se volvió hacia nosotras al vernos entrar y de una puerta central salió el profesor Matías.
_ Briseida, le pedí a Amanda que te trajera aquí para que disfrutes del piano – Me explicó acercándose a mí para luego llevarme del brazo hasta donde se encontraba el joven pianista.
_ Rey, te presento a mi alumna, Briseida.
_ Briseida, Rey es mi nieto. – dijo mientras Rey y yo nos dábamos un beso de saludo. Luego comentó las razones por las que me había llevado a su casa mientras yo me deslumbraba con la decoración y pulcritud del lugar; más que una casa parecía un palacio por dentro.
_ Aquí vivo yo con mis dos nietos – concluyó.
_ ¡Muy linda casa! – le dije con toda sinceridad y sin reparos. Rey se sonrió y con esa sonrisa fue a lo único que respondió de todo lo que había escuchado hasta en ese instante.
_ Ven, vamos a tomar un té o leche o lo que gustes – me dijo el profesor y nos sentamos en los sofás próximos al piano. De la puerta central, la misma de donde salió el profesor, apareció ahora una mujer menuda, blanca, de piel rugosa y muy risueña.
_ ¡Eva, mi esposa! – me la presentó ni bien la vio.
_ ¡Hola! – me saludó ella muy sonriente y afable – ¡Ya Braulio me había hablado mucho de ti!- añadió sellándome con un beso imperceptible, la mejilla.
_ ¡Ella es la autora de toda esta magia! – dijo el profesor refiriéndose a su casa tan arreglada.
_ ¿Braulio?… – Pregunté yo con desconcierto.
_ Oh, sí mi nombre es Matías Braulio – explicó el profesor. No lo supe hasta ese momento.
Comenzamos la plática y Rey siguió en el piano hasta el final, tomamos café, leche, té y comimos galletas y dulces; hasta que les comenté, confiada en el clima ameno que se había instalado entre nosotros:
_ Me tomé el atrevimiento de leer una cartita a Papa Noel que encontré en el árbol de Navidad… ¿Juan es otro nieto de ustedes?
Los dos se miraron y el joven pianista dejó de tocar.
_ …Lo siento – atiné a decir contrariada.
_ No, no te preocupes… la historia es larga – Señaló el profesor.
Me contaron que el árbol de Navidad había sido comprado en Italia por doña Eva en una casa de antigüedades hace ya varios años y que desde entonces ocurrían extraños sucesos en casa a los que ya se habían acostumbrado. Quien más disfrutaba con todo eso era Amanda que parecía llevarse muy bien con el árbol.
_ Cuando entraste ¿no sentiste el ambiente acogedor? – Me preguntó la esposa del profesor.
_ ¡Ah, sí, sí… una sensación de paz y acogida muy grata! – Describí entusiasmada.
_ ¡Es que le caíste muy bien al árbol! – comentó la señora.
Y luego me contaron lo más asombroso. Aquella carta no era de nadie conocido, es más, ellos no la habían visto, por lo tanto, no sabían de qué les hablaba. La única explicación que tenía doña Eva a todo esto era su propia deducción de los hechos.
_ El árbol saca cosas de sí… – explicó – Hoy te asomaste y te dio una carta de Papa Noel, mañana te asomas otra vez y te dará otra cosa… Luego, si vuelves por la carta no la encontrarás más o sí… todo dependerá del humor del árbol.
_ ¡¿Entonces de dónde sacó esa carta?!
_ ¡Pues no sabemos! – dijo doña Eva levantando los hombros y las cejas a la vez.
_ Yo sé de dónde… bueno, sospecho – dijo el profesor Matías – Las toma de otros sitios. Tiene la habilidad de cruzar dimensiones.
_ ¡¿Ah?! – exclamé yo dominada por el asombro.
_ Y sí – comentó al fin el joven Rey que hasta entonces no había dicho nada – porque la carta que leíste debió ser auténtica y así con otras cosas… A mí un día me dio un bastón pequeño, lo conservo todavía. Está muy bien hecho y no puede haber sido un invento fantasioso. – Acotó.
Visité esa mansión con el fin de conocer a Amanda, la pequeña de nueve años a la que daría clases de Gramática en las tardes de verano y encontré no sólo a una niña encantadora y su familia sino a un mágico árbol de navidad que me dio la bienvenida. En las tardes de clases Amanda me contó sobre los cientos de sucesos extraños que se dieron en su casa entorno al árbol de Navidad.

La extraña desaparición de don Genaro

Nieve en Louveciennes – Alfred Sisley

Don Genaro era de complexión robusta y de estatura mediana, sus padres decían que por poco les salió enano pero por suerte no, porque hasta la voz la tenía como la de un liliputiense y la singular forma de los dedos de sus manos, cortos y gruesos, bien podían pasar por las de un enano robusto, especialmente sus pulgares anchos que parecían padecer de un hinchazón permanente; mas no, eran así, apenas una línea de uña y la tercera falange al borde de ésta, casi imperceptible. Sus amigos les llamaban “los dedos tambores” y pensaban que debían salir en la revista Guiness como los dedos pulgares más gordos y extraños del mundo. En suma, tenían la apariencia de faltarles una falange y de no ser muy útiles; sin embargo, don Genaro alegaba que sus pulgares le servían de mucho en algunas tareas como en la de empujar con fuerza en un hoyo si era necesario, o en la de meter el corcho de una botella al fondo sin ninguna dificultad.
Hace treinta años se casó con una mujer veinte centímetros más alta que él y tuvo hijos también más altos y desde que abandonó la casa paterna para unirse a su mujer trabajó como transportista, llevando gente de un punto a otro del país durante días y noches enteras de viaje. Se conocía todas las rutas de la cordillera, de los valles costeños y de la selva y también aprendió algo de astronomía porque en las noches de viaje en que se averiaba el ómnibus podía contemplar las constelaciones y las fases de la luna. Por los gajes de su oficio experimentó, además, avistamientos de OVNI’s y de sombras humanas que aparecían andando al borde de las carreteras a velocidad inaceptable y que desaparecían sin explicación en los acantilados. Un día, justo cuando iba a dar vuelta una curva vio que se acercaba por el lado contrario una camioneta celeste. Su ayudante le sugirió que mejor esperara a que aquél pase primero porque la curva era estrecha. Esperaron un momento razonable pero la camioneta celeste nunca apareció. Don Genaro siguió su rumbo y nunca más vio a la camioneta. Avanzaron con lentitud para examinar el precipicio si se había caído, pero no, no encontraron nada.
A lo largo de su vida profesional tuvo decenas de experiencias como éstas, así como la de la dama de tacones que deambulaba por el ómnibus una vez que desocupaban todos los pasajeros. Decía que andaba por los pasillos, empujaba los asientos y por las noches a más de un copiloto asustaba en una pesadilla. El dueño de la empresa que conocía muy bien cada uno de sus buses sostenía que en aquel bus había muerto una mujer en un accidente hacía muchos años.
El día 31 fue la última vez que se tuvo noticias de don Genaro. Llamó por teléfono a su madre para contarle que no iba a poder pasar Año Nuevo con ella y su padre, ya que había mucha demanda de pasajeros y que con suerte llegaría a San Ramón, a más de 300 km de la capital, antes de las doce de la media noche. Se despidieron
y colgó.
_ No te preocupes – dijo a su madre- que pasaré el primer minuto del año nuevo en compañía de mi copiloto y otros amigos.
Sin embargo, nada sabía de lo que le iba a ocurrir más adelante. La nieve había obstruido la carretera a las alturas de Ticlio y pronto se dio cuenta que sería imposible cumplir con lo previsto.
Era las 5 de la tarde cuando su ayudante, el copiloto Martínez, le vio desaparecer detrás de una colina cubierta de nieve. Martínez decidió seguirlo aunque don Genaro ya le llevaba varios metros de distancia y aún cuando sabía que no podía abandonar el bus repleto de pasajeros en la interminable fila de microbuses, autos y camiones varados a expensas de la naturaleza.
El copiloto caminó escondiéndose de la vista de los pasajeros y del mismo don Genaro y alcanzó a ver que aquél iba directamente hacia una luz amarilla que teñía la nieve de dorado y que salía de una cueva blanca casi al borde del suelo. En la entrada de la cueva un hombre diminuto vestido de colores, con una capucha verde y de orejas puntiagudas parecía esperarlo dándole la bienvenida.
– ¡Duendes! – Exclamó el copiloto Martínez sin poder creer en lo que veía. Asustado retomó el camino de regreso a toda carrera deslizándose sobre la nieve, pero cuando se dio vuelta para asegurarse de que lo que había visto no era una ilusión vio que don Genaro se introducía en la cueva irremediablemente sin siquiera mirar a sus espaldas.
Martínez subió azorado al volante y secándose el sudor desplazó lentamente el bus unos metros más adelante. Reposó en su nueva ubicación cuando al cabo de media hora vio por la ventana a don Genaro acercándose a lo lejos. Martínez bajó para darle el alcance y cuando estuvieron frente a frente lo primero que hizo fue mirarlo al copiloto con una amplia sonrisa y enseñarle sus puños llenos de joyas de oro y brillantes.
_ Ahí adentro hay una mina – le dijo al confundido Martínez que apenas podía creer en lo que veía.
_ ¡Don Genaro usted no puede olvidar a los pasajeros! – respondió el copiloto sin dar importancia a las joyas que sostenían sus manos.
_ ¡Vamos, vamos a la mina! – repuso don Genaro como si no hubiera escuchado a su amigo.
_ ¡No, no, don Genaro, no… no vaya usted, no regrese! – gritó el copiloto Martínez ya desesperado, pero don Genaro retomó el camino de regreso dándole la espalda y sin volverse más para mirarlo. Martínez advirtió que estaba ido, hipnotizado y fuera de sí. Sin decir palabra corrió al bus y no contó de esto a nadie. Unas horas más tarde llegó la media noche y en pleno frío y oscuridad todos los viajeros recibieron el nuevo año. Algunos sacaron los fuegos artificiales que llevaban empacados, cohetes y luces de bengala y festejaron la media noche. Unos brindaron con las botellas que llevaban y se saludaron entre desconocidos; mas en medio de la algarabía Martínez era esclavo de la preocupación por su compañero Genaro.
Cuando por fin llegaron a san Ramón todo mundo echó de menos al chofer Genaro Flores pero nadie podía dar una explicación. Su padres, su esposa e hijos se preguntaban desconcertados dónde había pasado el año nuevo.
_ No pasó con nosotros – dijo su esposa Anita a sus suegros desde el otro lado del auricular en la ciudad de Concepción.
_ Con nosotros tampoco – repuso su madre quien contó que el día 31 fue la última vez que habló con él.
Tres días más tarde no le quedó más remedio al copiloto Martínez que contar lo sucedido.
_ Yo lo vi por última vez desaparecer dentro de una cueva cubierta de nieve en Ticlio – contó a la Policía.
_ ¿Y por qué recién declara? – le preguntaron indignados.
_ Porque pensé que antes me atendería al celular pero no, he insistido varias veces y nada.
_ ¡Es una tontería! ¡Cómo se le ocurre! – increpó con rabia el jefe.
_ ¡Pensé que nadie me creería! – se defendió el pobre Martínez.
Todos fueron al lugar de los hechos y en medio de la nieve encontraron la cueva tal como la había descrito el copiloto pero no vieron ninguna luz amarilla ni a ningún sujeto diminuto en la entrada. Tres policías entraron arrodillados a la cueva y con mucho esfuerzo iniciaron una expedición de búsqueda hasta el atardecer, pero no encontraron nada. Sólo unos raros rastros de ceniza como si alguien hubiera hecho fogata unos días antes.
Al cierre de este reporte no se supo más de dicho hombre singular por sus pulgares, robusto y de mediana estatura. Su mujer y sus hijos tuvieron que declararlo muerto y hay que añadir que esto ocurrió exactamente hace cinco años al 01 de enero de 2012.

Declaraciones del papá de Camila

En el fondo del hombre - Miguel Gil García

Me dio un ataque cardíaco. Estaba sentado frente al espejo cuando sentí cómo un feroz adormecimiento iba devorándose mi brazo izquierdo a la velocidad de la luz. Me miré la palma de la mano, apreté el puño para resistirme a esa despiadada insensibilidad que mataba mis nervios, cuando sentí la cuchillada en el centro mismo del corazón. Cerré los ojos en el acto y caí desplomado junto al tocador. Al principio los recuerdos se me mezclaban. El primer recuerdo terminó justo al contacto con la cuchillada en el pecho y la luz blanca que me nubló la razón y me terminó por desconectar del tiempo y del espacio. El segundo recuerdo comenzó cuando me vi caer al piso como un saco de cemento en un solo golpe. Entonces vi a Chita, mi perra labradora de color negro, que entró en la habitación moviendo la cola y llorando como si supiera de la gravedad del hecho. Dio unas cuantas palmaditas con su cola a mi cuerpo inerte y luego, se sentó a mi lado hasta el atardecer.
Mientras eso yo salí de ahí, bajé las escaleras hasta el patio donde encontré la fila de caballetes de mi mujer y una ruma de bastidores en una esquina junto a los maceteros grandes del jardín.
Me paseé por ahí esperando encontrarme a alguien, no lograba entender qué me había pasado. A esas alturas ya no recordaba ni un ápice de mi caída en la habitación y sólo seguía dando vueltas a las preocupaciones que dejé cuando me miraba frente al espejo: las cuentas por pagar, el pago pendiente a los trabajadores de la empresa, el préstamo del banco…
_ Pero ¿qué hago aquí? – me pregunté al fin y en voz alta – ¿qué hago aquí en el jardín, en qué momento bajé?
En eso veo entrar a mi hija Camila que cruzaba el jardín despreocupada.
_ ¡Camila, hija… te parecerá extraño pero no sé qué hago aquí! – fui diciéndole mientras me la acercaba, cuando para mi gran desconcierto la veo alejarse sin mirarme siquiera.
Corrí tras de ella pero en vez de alcanzarla aparecí en otro lugar. Aparecí sobre una esfera brillante donde me envistió una ráfaga de viento cálido y acogedor. Entonces, sentí que viajaba a toda velocidad, más rápido que ir en avión, más rápido que un misil; pero la sensación era como la de estar en una montaña rusa y con toda la seguridad de que todo está bien y no vas a caer. Entonces me vi, pero esta vez me vi de niño haciendo las tareas del colegio en la mesa de la cocina de casa, vi también a Alcachofa, la perra que tuve hasta mis quince años y rápidamente volé por cientos de miles episodios más que en mi vida habría podido recordar con todo el lujo de detalles con que los veía ahora. Luego de eso que no sé cuánto tiempo duró, me sentí muy conmovido al punto de querer llorar de emoción.
Aún no tengo muy claro cómo son los tiempos en esta extraña dimensión pero ni bien experimenté esa emoción indescriptible, encontré apabullado mi cuerpo inerte con los gritos de mi mujer y mis hijas, que lloraban sobre mí o lo que quedaba de mí en ese instante tan sórdido. Es muy duro darte cuenta de que estás muerto, es decir, de que estás muerto para los demás aunque no para ti. Mi primera preocupación – ingenua preocupación, digo ahora que lo entiendo todo o casi todo – fue ¿cómo demostrarles que no estoy muerto?, ¡¿cómo?!
La primera vez que vi mi rostro intacto y sin aliento dentro de la caja mortuoria, quedé destemplado casi al borde de otro colapso como el que me acababa de dar, pero gracias al joven que ha estado a mi lado desde que comenzó todo esto, he podido encontrar aliento para seguir y no morir en el intento. Asumir que morí me llevó un tiempo, no sé bien cuánto tiempo; como ya dije, acá el tiempo es diferente al de la Tierra, el mundo o aquella vida que antes llamaba ‘mi vida’.
El joven de alado es simpático en todos los sentidos, muy educado, al parecer hijo de las mejores familias de… de este mundo. Me dijo su nombre, se llama Francisco y en cuanto me enteré que me había muerto y me puse a llorar como un nene de cinco años aterrado de miedo, me mostró a una mujer que tranquilamente hacía sus oraciones sabe Dios en qué rincón del mundo, y me dijo que ella me ayudaría. Esto es, que rezaría por mí. Francisco no se ha separado ni un instante de mi lado, como un anfitrión me ha enseñado todo de todo y siento que ahora sé más que antes y me veo más joven y lozano que nunca aunque tengo ciertas tareas pendientes qué cumplir.
Aquí no puedo decirlo todo sólo lo que ya dije y unas cuantas cosas más, como que siempre estoy entre la gente querida aunque no me vea cosa que me resultó muy dura y frustrante al principio; pero ahora ya me estoy acostumbrando. Es simplemente una nueva forma de estar sin estar. Poco a poco he ido entendiéndolo todo y por eso, con la ayuda y permiso de Francisco dejo aquí constancia de que todavía existo y por favor, si ven a Camila díganle, díganle que su papá está vivo.

El anciano de junto a la ventana

Las Palomas - Raúl del Río

El sol en llamas arde en sus ojos que miran fijos por la ventana; la antorcha de la tarde calza su frente y sin parpadear sigue ahí con su sonrisa esculpida contemplando la muerte de ese sol furibundo que tantas veces vio renacer entre las bajas colinas iqueñas y que recibió con los brazos abiertos cuando era joven. Ahora no puede levantar ni el meñique, tan sólo mueve las cejas y el inevitable pestañeo que de rato en rato devuelve movimiento a sus pupilas.
_ ¿Le gusta la música don Enrique? – Pregunto y me pregunto a mí misma si acaso en sus tiempos habrían canciones de moda como ahora.
Mueve la cabeza asintiendo y, haciendo un esfuerzo por mirarme y encontrar su mirada con la mía, comenta:
_ Ahora a las palomas quieren matarlas, pero a mí no me molestan las palomas. Cecilia les tira por la ventana migas de pan y todas se juntan para comerlas, luego se van. Antes yo también les daba, ahora ya no puedo, pues.
Le hago un tenue gesto de aprobación mientras entiendo que no me ha escuchado. Sin dificultad me ubico detrás de su silla de ruedas con tal de ver lo que él ve por la ventana.
_ Así era Luisa, le gustaba los animales. Cuando nos mudamos a Ica vinimos con nuestros hijos y cada uno traía una mascota. Julio traía una jaula con perdices, Ceci una gata y Tito un perro. Cuando llegamos no teníamos a dónde ir así que nos hospedamos en un hotel con animales y todo. Así fue nuestra llegada a Ica. Con el tiempo criamos gallinas y conejos… pero no queríamos matarlos, nos costaba matarlos… pero había que comerlos, pues.
De entre las patas del sofá sale una gata desperezándose a sus anchas, nos mira y da un salto inesperado sobre la silla que está junto al televisor.
_ ¿Y le gusta la música? – insisto porque sé que más allá de todo él es capaz de entenderme porque es muy consciente del tiempo, del espacio y de las cosas.
_ ¿Cómo? – se anima a preguntarme y en el acto intenta levantar el brazo perezoso que se le va muriendo sobre la silla. Intuí que hubiera querido llevarse la mano detrás de la oreja.
_ ¡¿Le gusta la música?! – pregunto una vez más con intensidad.
_ Ah, sí… los huaynos… en Tarma escuchábamos los huaynos; aquí no… es que Ceci tiene que ir a trabajar y me quedo con la televisión, pero yo no sigo las telenovelas; prefiero el periódico, “La República”, aunque ahora ya no puedo hacer los ‘pupiletras’.
Estaciona la voz en esa última palabra en el momento justo en que su efecto me remonta a mi infancia, a aquellas remotas primeras veces en que junto a mi abuela iba descubriendo el encanto de la palabra buscándolas escondidas en un recuadro lleno de letras en desorden en la página de un periódico. Regreso otra vez y reparo en que lleva un rato hablándome:
_ Me fui a Chile a estudiar Medicina pero no pude continuar porque tenía que trabajar y fue así que tiempo después, conocí a Luisa; pensé que ya era hora de hacer algo con mi vida, formar un hogar y decidí casarme con ella. Julio y Cecilia nacieron allá… – de pronto una súbita sonrisa ilumina su rostro- ¡unos años después nos volvimos en barco hasta Lima, fueron algunos días de viaje!…
_ ¿Tito no nació en Chile? – interrumpo con curiosidad.
_ No, Tito no, Tito nació en Lima. Era la primera vez que Luisa venía a Perú, Cecilia era bebita y Julio tenía cuatro años.
Hace rato que el sol murió en el horizonte, me pide que lo acomode junto al sofá en el que se sentaba cuando todavía podía caminar solo, enciendo la luz y se produce un modesto cambio de escenario que es irrumpido con la repentina llegada de Cecilia cuya vigorosa presencia devolvió color a las cosas y despabiló la atmósfera bucólica creada por su padre que postrado en su silla de ruedas evocaba y honraba el pasado pero sin lamentos ni melancolías sino con el vivaz aleteo de su alma joven.
_ ¡Enrique, ya llegué! – saluda desde la entrada con su típica sonrisa de fiesta y se acerca a saludarnos. Pregunta cómo está, cómo se ha portado en mi compañía.
_ Bien – respondo- me estaba contando sobre el regreso de todos en barco desde Santiago a Lima.
_ Ah sí – comenta Cecilia- y que por eso les dio vértigo en el mar.
Sumido en el silencio continúa atento a nuestra plática o tal vez perdido entre los recuerdos de todos los caminos que transitó para llegar sano y salvo a sus casi cien años de vida. Reconozco en las líneas de su cara de anciano las huellas de la risa, y pienso que sin duda fue un hombre bueno y feliz.
_ ¡Ahora está como un niño! – se lamenta Cecilia aunque en el fondo se advierte infinita ternura en sus palabras.
Las dos mujeres nos sentamos a la mesa a comer aceitunas y a tomar café, mientras él queda en la sala con el televisor encendido y la pequeña Xica a su lado; una perra barrigona que un día entró a su casa para quedarse. Nadie la llevó, llegó sola, pocos días después de la muerte de doña Luisa. Don Enrique sonríe cuando lo cuenta, revive la llegada de Xica y presume sin decirlo que está seguro que su esposa se lo mandó para que lo acompañe.
_ Todo comenzó cuando me fui a Chile por quince días – me cuenta Ceci llevándose una aceituna a la boca – Le dije, papi, vuelvo pronto… pero no, se echó al abandono y ahora no puede moverse, ¡no quiere hacer nada por su cuenta!… ¡y sólo fui por quince días!
Me vuelvo para mirarlo, ahora conversa con Xica y le dice cosas que no se atreve a decírselas a Cecilia, le brillan los ojos todo el tiempo.
_ Sí, sí… así es, dice cosas para que yo lo escuche… – sonríe Cecilia asumiendo con amor las indirectas – ¡Gracias hija por haberte quedado conmigo, me dice!…
_ Pero ¿cómo es que pudo enfermar en tan poco tiempo, no estuvo don Julio a su cuidado…? – retomo la plática sin entender cómo es que enfermó tan sólo porque ella salió de viaje por quince días.
¡Sí, ellos han estado cuidándolo, pero no es lo mismo!… Con ellos nunca se iba a acostumbrar!…
Me convenzo al instante que enfermó de añoranza. Como un niño pequeño al que se le explican las ausencias pero que jamás entiende, enfermó de soledad. Para el niño pequeño todo su mundo es el presente, mientras que él hizo de los recuerdos su hogar pero un hogar que encontraba sostén en el mundo que compartía con su hija por lo que se le hacían insoportables las extrañas atenciones de su hijo, su nuera y sus nietos que hacían lo que podían. Las ayudas más inmediatas hasta en lo más mínimo las recibía de Cecilia mientras que los otros se liaban con apenas la solicitud de una sola cosa.
A su edad, cuando de lo que se trata es de vivir tan sólo el día a día, quince días le resultaron demasiados, como la mitad de una larga vida y jamás hubiera querido impedir el viaje de su hija de visita a sus tías de Chile. No podía.
Vuelve Cecilia a su lugar luego de alcanzarle una pastilla y un vaso con agua. Se sienta, se recuesta sobre la mesa y me mira con sus ojos soñolientos y cansados, sus cabellos negros caen sobre su amplia frente. Siempre me pareció bonita como las majas españolas, por la espesura de sus cabellos y cejas negras en contraste con su piel blanca y su briosa voz de cantora. Creo firmemente que la voz es el timbre de la personalidad y ella es como su voz, potente, gallarda y alegre como una castañuela y aún a pesar de su cansancio luce igual de maja, porque el agotamiento a causa del amor no lastima sino embellece.
Pudo haberse casado miles de veces pero eligió esa vida sencilla y libre que ahora le toca compartir junto a su padre viudo desde hace ocho años. Cuenta que nunca tuvo maña para aguantar a ningún hombre y que por eso prefirió quedarse sola. Es una soltera por elección y satisfecha aunque tal vez le hubiera gustado ser madre, lo cierto es que más allá de esas cavilaciones que siempre pueblan las cavidades de cualquier entraña, está la realidad que le espera cada mañana para ir al trabajo y ayudar a unos y otros, porque, eso sí, tiene un agudo sentido de la generosidad. Cada vez que la visito me cuenta un episodio vivido junto al niño down que quiere casi como a su hijo y al que lleva a rehabilitaciones a veces contra la voluntad de la propia madre, o de la niña hija de la dueña de la empresa donde trabaja, que ha ido creciendo también a su cuidado.
_ Es hora de irme – le digo y me mira con desaprobación porque hubiera deseado que me quede todas las horas de la vida eterna. Me levanto, tomo mi bolso que Xica oletea con desgano y salimos juntas, me acompaña hasta la estación de microbuses.
Antes me acerco por última vez a don Enrique, no duerme, es más, nunca lo he visto dormir a deshora a pesar de su edad. Ahora mira la televisión como un niño pequeño muy atento y con ese conocido letargo que sólo la televisión es capaz de producirnos. Me sonríe y antes de decirme adiós nos sorprende con un comentario:
_ Hoy es once del once del once…
Reímos sorprendidos.
_ ¡Ah sí! – Comenta Cecilia – decían que hoy a las 11 horas debíamos haber hecho algo bueno.
_ ¡Qué bien – dijo yo- hice algo bueno, vine de visita a ver a don Enrique!
Me dice adiós encargándome saludos para todos y entonces veo cómo ha cambiado su rutina de cuando en noches anteriores a esa misma hora le tocaba jugar el solitario con sus cartas sobre la cama.
Me voy de su mundo anclado de recuerdos y de alegría, extraña mezcla. Jamás asociaría nostalgias amargas a su corazón apacible, sino un infinito goce de la vida. Es sabio, pienso.
Bajamos las escaleras y caminamos unos pasos por la calle hasta tomar un taxi. Cecilia me mira contenta, siempre lo está, también ella tiene ese gozo permanente en el alma que no se ensombrece ni con los inevitables ratos de infelicidad. Vive a plenitud a bordo de sus vigorosos 57 años y abordo del amor; si claro, del amor a un hombre, su padre que ahora hace las veces de un hijo.