Rumores

Serpiente - Lola Beneytez Martin

Serpiente – Lola Beneytez Martin

Es increíble, la conocí en las reuniones sociales, sólo en la pista de baile y el brindis. Una sonrisa, apenas una venia, pero me enteré de su vida como si fuera su mejor amiga. Es que soy amiga de su amiga, ustedes saben cómo son esas cosas.

En cada cumpleaños de Marta, en cada festejo de lo que fuere en su departamento ahí siempre estoy yo y siempre está ella entre otros tantos conocidos y algunos desconocidos, por supuesto; y tan sólo en esas idas y venidas a veladas, reuniones y té de tías me enteré de su vida, pobre.

Es viuda y tiene una hija con síndrome de down, se casó ‘mayor’, es decir bastante grande, quiero decir vieja… ustedes me entienden, mucho más allá de los treinta. No es bonita, más bien simpática, se le nota amable y de buen trato. Nunca la vi sin esos anteojos con unas lentes como de fondos de botella y siempre con el mismo peinado y la misma ropa modesta, la típica pinta de secretaria modosa y miope; pero es abogada y de las buenas, trabaja en la misma firma que Marta. Su nombre es Uganda, sí como el país africano.

La conocí soltera, mucho antes de que se case y pobre, lo que sufrió para encontrar novio, hasta que lo encontró. Un vago mal parecido – feo- que hasta se atrevió a chantajearla diciéndole que si no se casaba con él, ella no se casaría con nadie porque era fea. ¡El colmo, el feo se atrevió a llamarla fea!,  pero aquél era más que eso, era espantoso, porque Uganda aunque fea, es buena y muy inteligente, es trabajadora y sensible, una mujer responsable; en cambio él no trabajaba, no se bañaba, no se afeitaba y sufría las horas – aunque las horas sufrirían más con él – haciendo tiempo, !haciendo nada!

Lamentablemente se casaron; sí, ella accedió a su petición de matrimonio y se casaron. El feo y la fea se casaron, la trabajadora y el bueno para nada se dieron el sí un día lluvioso del mes de marzo, me lo contó Marta una de esas tardes de sábado mientras la veía sentada a un extremo de la sala conversando con fulano de perencejo. Oh, pobre mi amiga no sabes la última… comenzaba Marta su relato y yo me enteraba mientras la miraba bebiéndose el wisky, pobre, al otro extremo de la reunión.

Con el tiempo me enteré que quedó embarazada y que sólo ella trabajaba a brazo partido para mantener a la familia, que el vago de Alfonso no encontraba trabajo y bueno, que como si todo eso fuera poco la niña le salió enferma. Qué vida tan trágica.

Marta y yo somos amigas de infancia, ella se casó y tiene seis hijos, dice que es feliz, porque hay que ver que todo depende de lo que se diga no tanto de lo que es realmente. Yo tengo novio, por ahora, claro; de hecho soy más joven que Uganda, de eso sin duda.

Lo cierto es que hace unos días, en una fiesta de esas que organiza Marta los fines de mes la volví a ver, ahí estaba como siempre, con su hija ya grande pero sin su marido ¿qué había pasado?, que el tonto se había pegado un tiro, sí. Se suicidó en su departamento hace cinco meses. Pobre mujer, lo que le faltaba, aunque trascendió un indecible alivio entre todos los que veían de cerca la trágica vida de Uganda Chuquín, mejor que se haya muerto, decían, así no tendrá que mantener más a un hombre vago y bueno para nada que ya le hacía la vida imposible. A lo mejor, en lo más profundo de su corazón Uganda también sintió ese gran alivio, quién sabe y quién a fin de cuentas sabe algo si todo lo que se ha sabido de Uganda ha sido sólo por los rumores.

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