Dos latidos

El restaurante a la orilla del mar -

El restaurante a la orilla del mar –

Murió atorado. Murió atorado y atolondrado, lo peor del asunto es que estaba por decirme algo importante, mucho más que eso, ¡interesante! Estaba contándome la historia que tuvo con aquella mujer la de los ‘dos latidos’.

Se sentía abrumado, estaba incómodo, intranquilo, debía volver a la oficina pronto y sin embargo, había encontrado un diminuto espacio en su agenda para contarme, conversar conmigo y decirme lo que lo aquejaba, y fue a la hora del almuerzo cerca de su trabajo, allá por el centro financiero en el restaurante Las Palmeras, donde nos dimos cita. Me contó que desde que había terminado con aquella mujer todo le había salido de mal en peor, pérdidas de dinero, problemas en el trabajo, achaques y constantes fiebres inexplicables y desvelos.

No puedo dormir, de cada tres noches dos no duermo, comenzó diciéndome. Que cuando apagaba las luces de su dormitorio y cuando toda la casa estaba a oscuras se sentía intranquilo cual si una plaga de ratas se desatara por debajo de los muebles. ¡Qué demonios!, se estremecía, no sé lo que me pasa y lo peor es que me he acostumbrado; ¡hace dos años de eso y ya hasta me he acostumbrado a lo anormal!

 Tú que eres tan religiosa, me dijo, ¿no tendrás alguna explicación a lo que me ocurre o al menos… una salida?

Explicaciones, bueno, alguna, le dije. Tengo alguna explicación pero cómo saberlo, tendría que contactarte con don Sebastián.

 ¿Quién es él?… Bueno, mira… luego te explico, le dije. Ahora lo que me tienes que decir es qué hace que pienses que es algo “anormal”. Bueno, qué sé yo… dijo mostrándose confundido y sintiéndose renuente a hablar. ¡¿Qué soluciones tendrías, tendrás alguna?!, de súbito volvió a insistir levantando los ojos para mirarme poniéndole énfasis a su pregunta pues sí que estaba necesitado y era urgente.

Sí, tengo salidas, pero dime qué cosas te han ocurrido porque a lo mejor todo lo que necesitas es un psicólogo, acoté.

¡Loco no estoy aunque a estas alturas puedo parecerlo! Además que he pasado por dos psicólogos y un psiquiatra y ninguno me ha diagnosticado nada alarmante, salvo cierta neurosis y demasiada tensión por la vida monótona que llevo. Todas las horas de mi vida, desde que se fue ella, las he llenado con trabajo, tabaco y sudores febriles, he perdido el gusto por vivir; los fines de semana son mi tormento no me apetece hacer nada y siento un miedo terrible a la caducidad de la vida, ¿no te das cuenta que el tiempo pasa y las cosas se deterioran y tú misma ya no eres la misma…?

Se quitó los anteojos y pude ver sus ojeras pronunciadas como un aura negra alrededor de sus ojos. Sentí lástima, suspiré profundamente y  entonces comencé a evocar: Qué diferente estás al tiempo en que éramos adolescentes y fuimos novios ¿te acuerdas? Él me miró sorprendido… retiró los codos del contorno de la mesa y me dijo: Bueno, Irene, eso fue ya hace tanto tiempo que… Entonces me reí, rompí en carcajadas, ¡no me digas hombre que no lo recordabas! Claro que sí, me dijo, por supuesto que sí… pero es que me parece tan raro que hayamos sido novios tú y yo cuando la mayor parte de la vida nos la pasamos siendo muy amigos. ¡Grandes amigos!… corregí yo, ¡grandes amigos… Rafael!… y tan sólo fuimos novios dos meses y eso que tú me tomaste para olvidar a esa otra chiquilla. ¡Mara!, Mara se llamaba, añadió él, Oh sí, Mara… ¿qué será de ella? No supe nada, se mudó y no volví a saber de ella.

¿Y a qué vino el recuerdo de que fuimos novios?, dijo extrañado; a que de pronto te vi tan diferente, le contesté y continué diciendo como quien piensa en alto: Eras enérgico, eso me gustó siempre de ti… un soldado firme. Éramos de la marcha juvenil militante más aguerrida de Acción Católica, ¿te acuerdas? Sí, dijo él con una mueca muy parecida a una sonrisa. ¿Dónde quedó ese Rafael? No lo sé… murmuró mirando cómo el viento se llevaba de prisa un grupo de hojas secas por la pista de enfrente. Me alejé de Dios, me alejé de todo…De todo lo sustancial, Rafael, insistí yo, por eso estás como estás. Pero no de ti, acotó; no me alejé de ti que te quedaste tan religiosa tan… cucufata!, sí, sí dilo, tan cucufata y mira que esta cucufata viene hoy a servirte eh? Nos reímos. ¡Eres una vieja cucufata, Irene! Sí, como quieras, si viene de ti, lo que quieras, le dije cariñosamente.

Entonces, cuando noté que se había serenado volvió al presente y a enfrentar sus oscuros tormentos. Volvió la niebla sobre su mirada pero pudo proseguir su relato con renovada calma.

Hace mucho que no rezo… es que no puedo, Irene, no puedo, y se quitó los anteojos otra vez, se llevó la mano a la boca con preocupación y no dijo más. El demonio de las soledad te ha enloquecido, hombre, le dije, estás así porque no te quisiste casar, no quisiste una familia, te dedicaste a trabajar y trabajar… y mira cómo estás, vives solo, intranquilo… estás roto Rafael. No, Irene, intentó explicar, no es la soledad la que me ha fundido, es esa mujer con la que me metí hace tres años… ella me jodió la vida. ¡Cómo va a ser, hombre si la dejaste, ella se fue y ya está! No, Irene, ella no se ha ido, ella me ha hecho algo. ¿Qué dices?… Para eso te he citado, para contarte y para que me ayudes a buscar una salida a este infierno.

Explícate le dije y fue cuando tras un bocado  sintiéndose sofocado, tosió levemente y prosiguió. Irene, un día ella me propuso visitar a un curandero… No sé si te has fijado que en los postes de alumbrado eléctrico, en las calles, hay unos cartelitos con números de teléfono y nombres de curanderos que dicen ser expertos en la “unión de parejas”. Bien pues, fuimos, fuimos los dos a un curandero que se hacía llamar ‘dos latidos’, nunca supe porqué, seguramente intentaba con ese nombre hacer una alusión cursi a su supuesta función de Cupido.

Yo salí de ahí  enojado, sólo fuimos por información pero me pareció una idiotez. Creo que eso a ella la ofendió y el asunto se sumó a la lista de riñas por las que ya veníamos atravesando. Poco tiempo después rompí con ella porque… en fin, para qué darte más detalles, suficiente con decirte que era una bruja, ¡sí, una muy mala bruja! Y bueno, Irene, qué casualidad que tras la ruptura me haya comenzado a ir en todo tan mal. Apenas hubo terminado le comenzó una sofocante tos que no le menguaba ni con los vasos de agua que ya se iba bebiendo.

¿Qué quieres insinuar?, le propuse al instante luego de haberse recuperado y él, en medio de todo, con el plato de comida a mitad, tosiendo otra vez y tornándose colorado y algo sudoroso,  alcanzó a decir: Estoy seguro de que me ha hechizado. La tos le volvió áspera, cual si un tornado feroz hubiese querido atravesar su oscura y angosta garganta, desajusté tan pronto como pude su corbata… le di golpecitos en el hombro y en un segundo todo se hizo incontrolable. La gente de alrededor comenzó a murmurar, dos meceros se acercaron a ayudarme. Él paraba tan solo para aspirar aire y luego seguir tosiendo, sobre su frente amoratada y húmeda saltaba una gruesa vena a punto de estallar. Uno de los mozos algo pálido por la situación quiso echarle la culpa al ají. No, no… él no come ají, le dije.

¡Un médico, por favor un médico!, comenzó a gritar una mujer de la mesa contigua, yo ya no sentía ruido alguno y sólo veía a la gente moverse de un lado a otro en cámara lenta. Desparramado sobre la silla, apenas atiné con la escasa conciencia que me quedaba a abrirle los botones de la camisa y mientras eso noté que ya no emitía ningún gemido, ya no tosía, se había quedado en suspenso con los ojos desorbitados. Al fin llegó alguien a ayudarnos pero él no daba signos de resistencia, no parpadeaba ni volvía a hacer intentos de aspirar aire, se había quedado inmóvil con el rostro petrificado al rojo vivo, de pronto vimos cómo sus brazos cayeron sin fuerzas a los costados de su robusto y abatido cuerpo. Enseguida la sirena de la ambulancia tensó aún más la trágica atmósfera que esa tarde había invadido el restaurante y en un instante vinieron unos paramédicos para llevárselo; rápidamente lo revisaron y en el acto uno se puse de pié y me dijo: Lo sentimos mucho señora, es demasiado tarde… no ha resistido; su esposo ha fallecido.

Murió sentado con tos y atorado. La autopsia reveló que la excesiva y repentina tos que le sobrevino le hizo atorarse con restos de comida. El caso es que se fue al más allá atragantado y sin ninguna explicación a la repentina y extraña tos que lo sofocó los últimos diez minutos de su vida, se fue y sus últimas palabras fueron: Estoy seguro de que me han hechizado. Se fue sin que le diera su jalón de oreja por lo que había hecho, ¡cómo pues iba a estar con una mujer de esas, una mujer de curanderos y demás supercherías!, ¡cómo iba a ir a ese lugar llamado ‘dos latidos’, cómo iba a creer que allí algo bueno le iban a hacer cuando nada bueno viene del diablo!

Pobre Rafael, pero qué linda tarde la de su muerte, tan repentina, un día miércoles a las catorce horas, cuando faltaba poco para que volviera al trabajo, justo cuando la vida transcurría igual de agitada como siempre, bajo ese sol y esas palmeras del restaurante, sentado a la mesa comiéndose ese cabrito norteño y tomándose esa chica morada, con su traje puesto, su celular en mano. Oh, pobre Rafael y qué repentina muerte de tos en pleno día en la mesa de un restaurante en medio de una amena conversación conmigo, a mitad de relatarme una historia que nunca debió haber vivido.

Rumores

Serpiente - Lola Beneytez Martin

Serpiente – Lola Beneytez Martin

Es increíble, la conocí en las reuniones sociales, sólo en la pista de baile y el brindis. Una sonrisa, apenas una venia, pero me enteré de su vida como si fuera su mejor amiga. Es que soy amiga de su amiga, ustedes saben cómo son esas cosas.

En cada cumpleaños de Marta, en cada festejo de lo que fuere en su departamento ahí siempre estoy yo y siempre está ella entre otros tantos conocidos y algunos desconocidos, por supuesto; y tan sólo en esas idas y venidas a veladas, reuniones y té de tías me enteré de su vida, pobre.

Es viuda y tiene una hija con síndrome de down, se casó ‘mayor’, es decir bastante grande, quiero decir vieja… ustedes me entienden, mucho más allá de los treinta. No es bonita, más bien simpática, se le nota amable y de buen trato. Nunca la vi sin esos anteojos con unas lentes como de fondos de botella y siempre con el mismo peinado y la misma ropa modesta, la típica pinta de secretaria modosa y miope; pero es abogada y de las buenas, trabaja en la misma firma que Marta. Su nombre es Uganda, sí como el país africano.

La conocí soltera, mucho antes de que se case y pobre, lo que sufrió para encontrar novio, hasta que lo encontró. Un vago mal parecido – feo- que hasta se atrevió a chantajearla diciéndole que si no se casaba con él, ella no se casaría con nadie porque era fea. ¡El colmo, el feo se atrevió a llamarla fea!,  pero aquél era más que eso, era espantoso, porque Uganda aunque fea, es buena y muy inteligente, es trabajadora y sensible, una mujer responsable; en cambio él no trabajaba, no se bañaba, no se afeitaba y sufría las horas – aunque las horas sufrirían más con él – haciendo tiempo, !haciendo nada!

Lamentablemente se casaron; sí, ella accedió a su petición de matrimonio y se casaron. El feo y la fea se casaron, la trabajadora y el bueno para nada se dieron el sí un día lluvioso del mes de marzo, me lo contó Marta una de esas tardes de sábado mientras la veía sentada a un extremo de la sala conversando con fulano de perencejo. Oh, pobre mi amiga no sabes la última… comenzaba Marta su relato y yo me enteraba mientras la miraba bebiéndose el wisky, pobre, al otro extremo de la reunión.

Con el tiempo me enteré que quedó embarazada y que sólo ella trabajaba a brazo partido para mantener a la familia, que el vago de Alfonso no encontraba trabajo y bueno, que como si todo eso fuera poco la niña le salió enferma. Qué vida tan trágica.

Marta y yo somos amigas de infancia, ella se casó y tiene seis hijos, dice que es feliz, porque hay que ver que todo depende de lo que se diga no tanto de lo que es realmente. Yo tengo novio, por ahora, claro; de hecho soy más joven que Uganda, de eso sin duda.

Lo cierto es que hace unos días, en una fiesta de esas que organiza Marta los fines de mes la volví a ver, ahí estaba como siempre, con su hija ya grande pero sin su marido ¿qué había pasado?, que el tonto se había pegado un tiro, sí. Se suicidó en su departamento hace cinco meses. Pobre mujer, lo que le faltaba, aunque trascendió un indecible alivio entre todos los que veían de cerca la trágica vida de Uganda Chuquín, mejor que se haya muerto, decían, así no tendrá que mantener más a un hombre vago y bueno para nada que ya le hacía la vida imposible. A lo mejor, en lo más profundo de su corazón Uganda también sintió ese gran alivio, quién sabe y quién a fin de cuentas sabe algo si todo lo que se ha sabido de Uganda ha sido sólo por los rumores.