Declaraciones del papá de Camila

En el fondo del hombre - Miguel Gil García

Me dio un ataque cardíaco. Estaba sentado frente al espejo cuando sentí cómo un feroz adormecimiento iba devorándose mi brazo izquierdo a la velocidad de la luz. Me miré la palma de la mano, apreté el puño para resistirme a esa despiadada insensibilidad que mataba mis nervios, cuando sentí la cuchillada en el centro mismo del corazón. Cerré los ojos en el acto y caí desplomado junto al tocador. Al principio los recuerdos se me mezclaban. El primer recuerdo terminó justo al contacto con la cuchillada en el pecho y la luz blanca que me nubló la razón y me terminó por desconectar del tiempo y del espacio. El segundo recuerdo comenzó cuando me vi caer al piso como un saco de cemento en un solo golpe. Entonces vi a Chita, mi perra labradora de color negro, que entró en la habitación moviendo la cola y llorando como si supiera de la gravedad del hecho. Dio unas cuantas palmaditas con su cola a mi cuerpo inerte y luego, se sentó a mi lado hasta el atardecer.
Mientras eso yo salí de ahí, bajé las escaleras hasta el patio donde encontré la fila de caballetes de mi mujer y una ruma de bastidores en una esquina junto a los maceteros grandes del jardín.
Me paseé por ahí esperando encontrarme a alguien, no lograba entender qué me había pasado. A esas alturas ya no recordaba ni un ápice de mi caída en la habitación y sólo seguía dando vueltas a las preocupaciones que dejé cuando me miraba frente al espejo: las cuentas por pagar, el pago pendiente a los trabajadores de la empresa, el préstamo del banco…
_ Pero ¿qué hago aquí? – me pregunté al fin y en voz alta – ¿qué hago aquí en el jardín, en qué momento bajé?
En eso veo entrar a mi hija Camila que cruzaba el jardín despreocupada.
_ ¡Camila, hija… te parecerá extraño pero no sé qué hago aquí! – fui diciéndole mientras me la acercaba, cuando para mi gran desconcierto la veo alejarse sin mirarme siquiera.
Corrí tras de ella pero en vez de alcanzarla aparecí en otro lugar. Aparecí sobre una esfera brillante donde me envistió una ráfaga de viento cálido y acogedor. Entonces, sentí que viajaba a toda velocidad, más rápido que ir en avión, más rápido que un misil; pero la sensación era como la de estar en una montaña rusa y con toda la seguridad de que todo está bien y no vas a caer. Entonces me vi, pero esta vez me vi de niño haciendo las tareas del colegio en la mesa de la cocina de casa, vi también a Alcachofa, la perra que tuve hasta mis quince años y rápidamente volé por cientos de miles episodios más que en mi vida habría podido recordar con todo el lujo de detalles con que los veía ahora. Luego de eso que no sé cuánto tiempo duró, me sentí muy conmovido al punto de querer llorar de emoción.
Aún no tengo muy claro cómo son los tiempos en esta extraña dimensión pero ni bien experimenté esa emoción indescriptible, encontré apabullado mi cuerpo inerte con los gritos de mi mujer y mis hijas, que lloraban sobre mí o lo que quedaba de mí en ese instante tan sórdido. Es muy duro darte cuenta de que estás muerto, es decir, de que estás muerto para los demás aunque no para ti. Mi primera preocupación – ingenua preocupación, digo ahora que lo entiendo todo o casi todo – fue ¿cómo demostrarles que no estoy muerto?, ¡¿cómo?!
La primera vez que vi mi rostro intacto y sin aliento dentro de la caja mortuoria, quedé destemplado casi al borde de otro colapso como el que me acababa de dar, pero gracias al joven que ha estado a mi lado desde que comenzó todo esto, he podido encontrar aliento para seguir y no morir en el intento. Asumir que morí me llevó un tiempo, no sé bien cuánto tiempo; como ya dije, acá el tiempo es diferente al de la Tierra, el mundo o aquella vida que antes llamaba ‘mi vida’.
El joven de alado es simpático en todos los sentidos, muy educado, al parecer hijo de las mejores familias de… de este mundo. Me dijo su nombre, se llama Francisco y en cuanto me enteré que me había muerto y me puse a llorar como un nene de cinco años aterrado de miedo, me mostró a una mujer que tranquilamente hacía sus oraciones sabe Dios en qué rincón del mundo, y me dijo que ella me ayudaría. Esto es, que rezaría por mí. Francisco no se ha separado ni un instante de mi lado, como un anfitrión me ha enseñado todo de todo y siento que ahora sé más que antes y me veo más joven y lozano que nunca aunque tengo ciertas tareas pendientes qué cumplir.
Aquí no puedo decirlo todo sólo lo que ya dije y unas cuantas cosas más, como que siempre estoy entre la gente querida aunque no me vea cosa que me resultó muy dura y frustrante al principio; pero ahora ya me estoy acostumbrando. Es simplemente una nueva forma de estar sin estar. Poco a poco he ido entendiéndolo todo y por eso, con la ayuda y permiso de Francisco dejo aquí constancia de que todavía existo y por favor, si ven a Camila díganle, díganle que su papá está vivo.

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