El anciano de junto a la ventana

Las Palomas - Raúl del Río

El sol en llamas arde en sus ojos que miran fijos por la ventana; la antorcha de la tarde calza su frente y sin parpadear sigue ahí con su sonrisa esculpida contemplando la muerte de ese sol furibundo que tantas veces vio renacer entre las bajas colinas iqueñas y que recibió con los brazos abiertos cuando era joven. Ahora no puede levantar ni el meñique, tan sólo mueve las cejas y el inevitable pestañeo que de rato en rato devuelve movimiento a sus pupilas.
_ ¿Le gusta la música don Enrique? – Pregunto y me pregunto a mí misma si acaso en sus tiempos habrían canciones de moda como ahora.
Mueve la cabeza asintiendo y, haciendo un esfuerzo por mirarme y encontrar su mirada con la mía, comenta:
_ Ahora a las palomas quieren matarlas, pero a mí no me molestan las palomas. Cecilia les tira por la ventana migas de pan y todas se juntan para comerlas, luego se van. Antes yo también les daba, ahora ya no puedo, pues.
Le hago un tenue gesto de aprobación mientras entiendo que no me ha escuchado. Sin dificultad me ubico detrás de su silla de ruedas con tal de ver lo que él ve por la ventana.
_ Así era Luisa, le gustaba los animales. Cuando nos mudamos a Ica vinimos con nuestros hijos y cada uno traía una mascota. Julio traía una jaula con perdices, Ceci una gata y Tito un perro. Cuando llegamos no teníamos a dónde ir así que nos hospedamos en un hotel con animales y todo. Así fue nuestra llegada a Ica. Con el tiempo criamos gallinas y conejos… pero no queríamos matarlos, nos costaba matarlos… pero había que comerlos, pues.
De entre las patas del sofá sale una gata desperezándose a sus anchas, nos mira y da un salto inesperado sobre la silla que está junto al televisor.
_ ¿Y le gusta la música? – insisto porque sé que más allá de todo él es capaz de entenderme porque es muy consciente del tiempo, del espacio y de las cosas.
_ ¿Cómo? – se anima a preguntarme y en el acto intenta levantar el brazo perezoso que se le va muriendo sobre la silla. Intuí que hubiera querido llevarse la mano detrás de la oreja.
_ ¡¿Le gusta la música?! – pregunto una vez más con intensidad.
_ Ah, sí… los huaynos… en Tarma escuchábamos los huaynos; aquí no… es que Ceci tiene que ir a trabajar y me quedo con la televisión, pero yo no sigo las telenovelas; prefiero el periódico, “La República”, aunque ahora ya no puedo hacer los ‘pupiletras’.
Estaciona la voz en esa última palabra en el momento justo en que su efecto me remonta a mi infancia, a aquellas remotas primeras veces en que junto a mi abuela iba descubriendo el encanto de la palabra buscándolas escondidas en un recuadro lleno de letras en desorden en la página de un periódico. Regreso otra vez y reparo en que lleva un rato hablándome:
_ Me fui a Chile a estudiar Medicina pero no pude continuar porque tenía que trabajar y fue así que tiempo después, conocí a Luisa; pensé que ya era hora de hacer algo con mi vida, formar un hogar y decidí casarme con ella. Julio y Cecilia nacieron allá… – de pronto una súbita sonrisa ilumina su rostro- ¡unos años después nos volvimos en barco hasta Lima, fueron algunos días de viaje!…
_ ¿Tito no nació en Chile? – interrumpo con curiosidad.
_ No, Tito no, Tito nació en Lima. Era la primera vez que Luisa venía a Perú, Cecilia era bebita y Julio tenía cuatro años.
Hace rato que el sol murió en el horizonte, me pide que lo acomode junto al sofá en el que se sentaba cuando todavía podía caminar solo, enciendo la luz y se produce un modesto cambio de escenario que es irrumpido con la repentina llegada de Cecilia cuya vigorosa presencia devolvió color a las cosas y despabiló la atmósfera bucólica creada por su padre que postrado en su silla de ruedas evocaba y honraba el pasado pero sin lamentos ni melancolías sino con el vivaz aleteo de su alma joven.
_ ¡Enrique, ya llegué! – saluda desde la entrada con su típica sonrisa de fiesta y se acerca a saludarnos. Pregunta cómo está, cómo se ha portado en mi compañía.
_ Bien – respondo- me estaba contando sobre el regreso de todos en barco desde Santiago a Lima.
_ Ah sí – comenta Cecilia- y que por eso les dio vértigo en el mar.
Sumido en el silencio continúa atento a nuestra plática o tal vez perdido entre los recuerdos de todos los caminos que transitó para llegar sano y salvo a sus casi cien años de vida. Reconozco en las líneas de su cara de anciano las huellas de la risa, y pienso que sin duda fue un hombre bueno y feliz.
_ ¡Ahora está como un niño! – se lamenta Cecilia aunque en el fondo se advierte infinita ternura en sus palabras.
Las dos mujeres nos sentamos a la mesa a comer aceitunas y a tomar café, mientras él queda en la sala con el televisor encendido y la pequeña Xica a su lado; una perra barrigona que un día entró a su casa para quedarse. Nadie la llevó, llegó sola, pocos días después de la muerte de doña Luisa. Don Enrique sonríe cuando lo cuenta, revive la llegada de Xica y presume sin decirlo que está seguro que su esposa se lo mandó para que lo acompañe.
_ Todo comenzó cuando me fui a Chile por quince días – me cuenta Ceci llevándose una aceituna a la boca – Le dije, papi, vuelvo pronto… pero no, se echó al abandono y ahora no puede moverse, ¡no quiere hacer nada por su cuenta!… ¡y sólo fui por quince días!
Me vuelvo para mirarlo, ahora conversa con Xica y le dice cosas que no se atreve a decírselas a Cecilia, le brillan los ojos todo el tiempo.
_ Sí, sí… así es, dice cosas para que yo lo escuche… – sonríe Cecilia asumiendo con amor las indirectas – ¡Gracias hija por haberte quedado conmigo, me dice!…
_ Pero ¿cómo es que pudo enfermar en tan poco tiempo, no estuvo don Julio a su cuidado…? – retomo la plática sin entender cómo es que enfermó tan sólo porque ella salió de viaje por quince días.
¡Sí, ellos han estado cuidándolo, pero no es lo mismo!… Con ellos nunca se iba a acostumbrar!…
Me convenzo al instante que enfermó de añoranza. Como un niño pequeño al que se le explican las ausencias pero que jamás entiende, enfermó de soledad. Para el niño pequeño todo su mundo es el presente, mientras que él hizo de los recuerdos su hogar pero un hogar que encontraba sostén en el mundo que compartía con su hija por lo que se le hacían insoportables las extrañas atenciones de su hijo, su nuera y sus nietos que hacían lo que podían. Las ayudas más inmediatas hasta en lo más mínimo las recibía de Cecilia mientras que los otros se liaban con apenas la solicitud de una sola cosa.
A su edad, cuando de lo que se trata es de vivir tan sólo el día a día, quince días le resultaron demasiados, como la mitad de una larga vida y jamás hubiera querido impedir el viaje de su hija de visita a sus tías de Chile. No podía.
Vuelve Cecilia a su lugar luego de alcanzarle una pastilla y un vaso con agua. Se sienta, se recuesta sobre la mesa y me mira con sus ojos soñolientos y cansados, sus cabellos negros caen sobre su amplia frente. Siempre me pareció bonita como las majas españolas, por la espesura de sus cabellos y cejas negras en contraste con su piel blanca y su briosa voz de cantora. Creo firmemente que la voz es el timbre de la personalidad y ella es como su voz, potente, gallarda y alegre como una castañuela y aún a pesar de su cansancio luce igual de maja, porque el agotamiento a causa del amor no lastima sino embellece.
Pudo haberse casado miles de veces pero eligió esa vida sencilla y libre que ahora le toca compartir junto a su padre viudo desde hace ocho años. Cuenta que nunca tuvo maña para aguantar a ningún hombre y que por eso prefirió quedarse sola. Es una soltera por elección y satisfecha aunque tal vez le hubiera gustado ser madre, lo cierto es que más allá de esas cavilaciones que siempre pueblan las cavidades de cualquier entraña, está la realidad que le espera cada mañana para ir al trabajo y ayudar a unos y otros, porque, eso sí, tiene un agudo sentido de la generosidad. Cada vez que la visito me cuenta un episodio vivido junto al niño down que quiere casi como a su hijo y al que lleva a rehabilitaciones a veces contra la voluntad de la propia madre, o de la niña hija de la dueña de la empresa donde trabaja, que ha ido creciendo también a su cuidado.
_ Es hora de irme – le digo y me mira con desaprobación porque hubiera deseado que me quede todas las horas de la vida eterna. Me levanto, tomo mi bolso que Xica oletea con desgano y salimos juntas, me acompaña hasta la estación de microbuses.
Antes me acerco por última vez a don Enrique, no duerme, es más, nunca lo he visto dormir a deshora a pesar de su edad. Ahora mira la televisión como un niño pequeño muy atento y con ese conocido letargo que sólo la televisión es capaz de producirnos. Me sonríe y antes de decirme adiós nos sorprende con un comentario:
_ Hoy es once del once del once…
Reímos sorprendidos.
_ ¡Ah sí! – Comenta Cecilia – decían que hoy a las 11 horas debíamos haber hecho algo bueno.
_ ¡Qué bien – dijo yo- hice algo bueno, vine de visita a ver a don Enrique!
Me dice adiós encargándome saludos para todos y entonces veo cómo ha cambiado su rutina de cuando en noches anteriores a esa misma hora le tocaba jugar el solitario con sus cartas sobre la cama.
Me voy de su mundo anclado de recuerdos y de alegría, extraña mezcla. Jamás asociaría nostalgias amargas a su corazón apacible, sino un infinito goce de la vida. Es sabio, pienso.
Bajamos las escaleras y caminamos unos pasos por la calle hasta tomar un taxi. Cecilia me mira contenta, siempre lo está, también ella tiene ese gozo permanente en el alma que no se ensombrece ni con los inevitables ratos de infelicidad. Vive a plenitud a bordo de sus vigorosos 57 años y abordo del amor; si claro, del amor a un hombre, su padre que ahora hace las veces de un hijo.

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