El anciano de junto a la ventana

Las Palomas - Raúl del Río

El sol en llamas arde en sus ojos que miran fijos por la ventana; la antorcha de la tarde calza su frente y sin parpadear sigue ahí con su sonrisa esculpida contemplando la muerte de ese sol furibundo que tantas veces vio renacer entre las bajas colinas iqueñas y que recibió con los brazos abiertos cuando era joven. Ahora no puede levantar ni el meñique, tan sólo mueve las cejas y el inevitable pestañeo que de rato en rato devuelve movimiento a sus pupilas.
_ ¿Le gusta la música don Enrique? – Pregunto y me pregunto a mí misma si acaso en sus tiempos habrían canciones de moda como ahora.
Mueve la cabeza asintiendo y, haciendo un esfuerzo por mirarme y encontrar su mirada con la mía, comenta:
_ Ahora a las palomas quieren matarlas, pero a mí no me molestan las palomas. Cecilia les tira por la ventana migas de pan y todas se juntan para comerlas, luego se van. Antes yo también les daba, ahora ya no puedo, pues.
Le hago un tenue gesto de aprobación mientras entiendo que no me ha escuchado. Sin dificultad me ubico detrás de su silla de ruedas con tal de ver lo que él ve por la ventana.
_ Así era Luisa, le gustaba los animales. Cuando nos mudamos a Ica vinimos con nuestros hijos y cada uno traía una mascota. Julio traía una jaula con perdices, Ceci una gata y Tito un perro. Cuando llegamos no teníamos a dónde ir así que nos hospedamos en un hotel con animales y todo. Así fue nuestra llegada a Ica. Con el tiempo criamos gallinas y conejos… pero no queríamos matarlos, nos costaba matarlos… pero había que comerlos, pues.
De entre las patas del sofá sale una gata desperezándose a sus anchas, nos mira y da un salto inesperado sobre la silla que está junto al televisor.
_ ¿Y le gusta la música? – insisto porque sé que más allá de todo él es capaz de entenderme porque es muy consciente del tiempo, del espacio y de las cosas.
_ ¿Cómo? – se anima a preguntarme y en el acto intenta levantar el brazo perezoso que se le va muriendo sobre la silla. Intuí que hubiera querido llevarse la mano detrás de la oreja.
_ ¡¿Le gusta la música?! – pregunto una vez más con intensidad.
_ Ah, sí… los huaynos… en Tarma escuchábamos los huaynos; aquí no… es que Ceci tiene que ir a trabajar y me quedo con la televisión, pero yo no sigo las telenovelas; prefiero el periódico, “La República”, aunque ahora ya no puedo hacer los ‘pupiletras’.
Estaciona la voz en esa última palabra en el momento justo en que su efecto me remonta a mi infancia, a aquellas remotas primeras veces en que junto a mi abuela iba descubriendo el encanto de la palabra buscándolas escondidas en un recuadro lleno de letras en desorden en la página de un periódico. Regreso otra vez y reparo en que lleva un rato hablándome:
_ Me fui a Chile a estudiar Medicina pero no pude continuar porque tenía que trabajar y fue así que tiempo después, conocí a Luisa; pensé que ya era hora de hacer algo con mi vida, formar un hogar y decidí casarme con ella. Julio y Cecilia nacieron allá… – de pronto una súbita sonrisa ilumina su rostro- ¡unos años después nos volvimos en barco hasta Lima, fueron algunos días de viaje!…
_ ¿Tito no nació en Chile? – interrumpo con curiosidad.
_ No, Tito no, Tito nació en Lima. Era la primera vez que Luisa venía a Perú, Cecilia era bebita y Julio tenía cuatro años.
Hace rato que el sol murió en el horizonte, me pide que lo acomode junto al sofá en el que se sentaba cuando todavía podía caminar solo, enciendo la luz y se produce un modesto cambio de escenario que es irrumpido con la repentina llegada de Cecilia cuya vigorosa presencia devolvió color a las cosas y despabiló la atmósfera bucólica creada por su padre que postrado en su silla de ruedas evocaba y honraba el pasado pero sin lamentos ni melancolías sino con el vivaz aleteo de su alma joven.
_ ¡Enrique, ya llegué! – saluda desde la entrada con su típica sonrisa de fiesta y se acerca a saludarnos. Pregunta cómo está, cómo se ha portado en mi compañía.
_ Bien – respondo- me estaba contando sobre el regreso de todos en barco desde Santiago a Lima.
_ Ah sí – comenta Cecilia- y que por eso les dio vértigo en el mar.
Sumido en el silencio continúa atento a nuestra plática o tal vez perdido entre los recuerdos de todos los caminos que transitó para llegar sano y salvo a sus casi cien años de vida. Reconozco en las líneas de su cara de anciano las huellas de la risa, y pienso que sin duda fue un hombre bueno y feliz.
_ ¡Ahora está como un niño! – se lamenta Cecilia aunque en el fondo se advierte infinita ternura en sus palabras.
Las dos mujeres nos sentamos a la mesa a comer aceitunas y a tomar café, mientras él queda en la sala con el televisor encendido y la pequeña Xica a su lado; una perra barrigona que un día entró a su casa para quedarse. Nadie la llevó, llegó sola, pocos días después de la muerte de doña Luisa. Don Enrique sonríe cuando lo cuenta, revive la llegada de Xica y presume sin decirlo que está seguro que su esposa se lo mandó para que lo acompañe.
_ Todo comenzó cuando me fui a Chile por quince días – me cuenta Ceci llevándose una aceituna a la boca – Le dije, papi, vuelvo pronto… pero no, se echó al abandono y ahora no puede moverse, ¡no quiere hacer nada por su cuenta!… ¡y sólo fui por quince días!
Me vuelvo para mirarlo, ahora conversa con Xica y le dice cosas que no se atreve a decírselas a Cecilia, le brillan los ojos todo el tiempo.
_ Sí, sí… así es, dice cosas para que yo lo escuche… – sonríe Cecilia asumiendo con amor las indirectas – ¡Gracias hija por haberte quedado conmigo, me dice!…
_ Pero ¿cómo es que pudo enfermar en tan poco tiempo, no estuvo don Julio a su cuidado…? – retomo la plática sin entender cómo es que enfermó tan sólo porque ella salió de viaje por quince días.
¡Sí, ellos han estado cuidándolo, pero no es lo mismo!… Con ellos nunca se iba a acostumbrar!…
Me convenzo al instante que enfermó de añoranza. Como un niño pequeño al que se le explican las ausencias pero que jamás entiende, enfermó de soledad. Para el niño pequeño todo su mundo es el presente, mientras que él hizo de los recuerdos su hogar pero un hogar que encontraba sostén en el mundo que compartía con su hija por lo que se le hacían insoportables las extrañas atenciones de su hijo, su nuera y sus nietos que hacían lo que podían. Las ayudas más inmediatas hasta en lo más mínimo las recibía de Cecilia mientras que los otros se liaban con apenas la solicitud de una sola cosa.
A su edad, cuando de lo que se trata es de vivir tan sólo el día a día, quince días le resultaron demasiados, como la mitad de una larga vida y jamás hubiera querido impedir el viaje de su hija de visita a sus tías de Chile. No podía.
Vuelve Cecilia a su lugar luego de alcanzarle una pastilla y un vaso con agua. Se sienta, se recuesta sobre la mesa y me mira con sus ojos soñolientos y cansados, sus cabellos negros caen sobre su amplia frente. Siempre me pareció bonita como las majas españolas, por la espesura de sus cabellos y cejas negras en contraste con su piel blanca y su briosa voz de cantora. Creo firmemente que la voz es el timbre de la personalidad y ella es como su voz, potente, gallarda y alegre como una castañuela y aún a pesar de su cansancio luce igual de maja, porque el agotamiento a causa del amor no lastima sino embellece.
Pudo haberse casado miles de veces pero eligió esa vida sencilla y libre que ahora le toca compartir junto a su padre viudo desde hace ocho años. Cuenta que nunca tuvo maña para aguantar a ningún hombre y que por eso prefirió quedarse sola. Es una soltera por elección y satisfecha aunque tal vez le hubiera gustado ser madre, lo cierto es que más allá de esas cavilaciones que siempre pueblan las cavidades de cualquier entraña, está la realidad que le espera cada mañana para ir al trabajo y ayudar a unos y otros, porque, eso sí, tiene un agudo sentido de la generosidad. Cada vez que la visito me cuenta un episodio vivido junto al niño down que quiere casi como a su hijo y al que lleva a rehabilitaciones a veces contra la voluntad de la propia madre, o de la niña hija de la dueña de la empresa donde trabaja, que ha ido creciendo también a su cuidado.
_ Es hora de irme – le digo y me mira con desaprobación porque hubiera deseado que me quede todas las horas de la vida eterna. Me levanto, tomo mi bolso que Xica oletea con desgano y salimos juntas, me acompaña hasta la estación de microbuses.
Antes me acerco por última vez a don Enrique, no duerme, es más, nunca lo he visto dormir a deshora a pesar de su edad. Ahora mira la televisión como un niño pequeño muy atento y con ese conocido letargo que sólo la televisión es capaz de producirnos. Me sonríe y antes de decirme adiós nos sorprende con un comentario:
_ Hoy es once del once del once…
Reímos sorprendidos.
_ ¡Ah sí! – Comenta Cecilia – decían que hoy a las 11 horas debíamos haber hecho algo bueno.
_ ¡Qué bien – dijo yo- hice algo bueno, vine de visita a ver a don Enrique!
Me dice adiós encargándome saludos para todos y entonces veo cómo ha cambiado su rutina de cuando en noches anteriores a esa misma hora le tocaba jugar el solitario con sus cartas sobre la cama.
Me voy de su mundo anclado de recuerdos y de alegría, extraña mezcla. Jamás asociaría nostalgias amargas a su corazón apacible, sino un infinito goce de la vida. Es sabio, pienso.
Bajamos las escaleras y caminamos unos pasos por la calle hasta tomar un taxi. Cecilia me mira contenta, siempre lo está, también ella tiene ese gozo permanente en el alma que no se ensombrece ni con los inevitables ratos de infelicidad. Vive a plenitud a bordo de sus vigorosos 57 años y abordo del amor; si claro, del amor a un hombre, su padre que ahora hace las veces de un hijo.

Advertisements

El último día santo

Un hombre extraño sin nombre duerme boca abajo en los márgenes de la calle Huancavelica, otro más allá, desparramado, besa la vereda de enfrente echado sobre sus tripas. A la vuelta de la esquina, uno intenta levantarse y de rodillas hace esfuerzos por erguir el dorso y la cabeza que se le caen de sueño.

Son las cinco y cincuenta de la mañana y la gente en la plaza de armas se agolpa en las calles, mira el suelo cubierto de flores frescas cuyos aromas se elevan desde los asfaltos hasta el firmamento despejado de nubes y estrellas. La flor de retama, la famosa rima rima, el alhelí, invaden de piedad y mística la ciudad.

_ La procesión ya va a salir. Comenta  una mujer joven  que  mira al interior de la Catedral a través de sus  puertas abiertas de par en par. La  Misa de Pascua de Resurrección ha terminado.

Unos enormes arcos de flores hechos a base de ramas de florecillas, adornan las cuatro cuadras de alrededor de la Plaza de Armas de Tarma y ‘las alfombras más bellas del mundo’ hacen gala  de coloridos pétalos que dan forma a interesantes dibujos, la mayoría relacionados con la fe, la paz, la justicia, con sus trabajos y sus deseos que puestos ahí, al pie del anda, Dios los verá y los bendecirá.

Unas cuadras arriba, sube una calle empinada un borracho apoyándose en la pared. Habla a voces, dice cosas que nadie atiende y se aleja hasta desaparecer.

_ Sofía fue anoche a la fiesta de Acobamba. Escuchamos decir a una muchacha de unos dieciocho años a otras jóvenes que avanzan con ella por los estrechos surcos  a los márgenes de las largas alfombras por donde la gente se abre paso para apreciar los cuadros hechos con flores. Las cámaras disparan sus flashes desde todos los ángulos.

-Este año han venido más turistas- Declara un hombre hospedero de Semana Santa, cuando le preguntamos por el número de sus huéspedes en su casa acondicionada para la ocasión.

Ya amaneció y el anda de Cristo Resucitado está en el umbral de la puerta de la catedral, una organizada banda acompaña a la imagen y cada vez más gente se aglomera entorno a ella. Ha empezado la última procesión de la Semana Santa. La imagen de metro y medio es la de un Cristo vestido de túnica blanca, de pie en el que fuera su tumba, con un brazo en alto y con el mástil de un banderín blanco en la otra mano.

Entre vítores y aplausos avanza -!Qué lindo!, exclama una anciana mientras se persigna. La procesión comienza.

Detrás del Cristo Resucitado otra anda se asoma al umbral de la Catedral, es la imagen de Santa María Magdalena que tomará el camino  contrario de la plaza para salir al encuentro del Señor, la que según el evangelio de Juan es la primera que vio a Jesús Resucitado y que luego corrió a anunciarlo.

Nuevamente la gente se agolpa, ahora son los devotos de la santa que buscan ir a su lado.  Más allá otros fieles y no tan fieles siguen a paso lento contemplando las alfombras como en una galería de arte; de lejos levantan la mirada en tanto continúan con lo suyo.

Los comerciantes de golosinas en el centro de la plaza hacen su agosto con la venta de  algodones dulces, manzanas de caramelo, juguetes para niños y más allá en las esquinas o en calles aledañas crece la venta de desayunos al paso en pequeños puestos de comida, picarones, panes, café y porqué no una patasca para empezar bien el día más jubiloso del calendario litúrgico.

_ ¿Cuánto cuesta? – Preguntamos a uno de los agachados.

_ Siete soles nomás, sabrosito, para que te calientes – Responde el buen hombre sonriente, echándose vapor de la boca en las palmas y frotándoselas luego.

Ambas andas se desplazan cada una por un lado de la plaza, se alejan para encontrarse luego en otro punto. La de Cristo se detiene en la esquina derecha de la catedral y el anda de Santa María Magdalena está por llegar a la esquina izquierda, ahí donde un hombre vende emolientes calientes.  El grupo de cantores entona un canto y pronto esa esquina es invadida por el fervor religioso, por unos instantes muchos ajenos a la procesión detienen el paso y rezan, se santiguan y miran los rostros recogidos de los devotos, de los que han asumido el compromiso de acompañar la procesión de principio a fin.

En la otra esquina donde se ha detenido en simultáneo el anda de Cristo Resucitado la conmoción es más grande; la banda para de tocar, el sacerdote reza y los numerosos feligreses empiezan a entonar más cánticos, la gente aplaude. El anda está ahora debajo de un arco de retamas y sobre la primera alfombra de flores.

Más allá de la plaza y su atmósfera religiosa, a lo largo de las calles principales, hay un clima de resaca, algunas cantinas y discotecas todavía están abiertas, se pueden escuchar las solitarias carcajadas de los que sobrevivieron a una noche de frenética celebración como en el salsódromo del que fuera el antiguo cine Ritz.

_La  gran fiesta ha sido anoche y no acá, ha sido en Acobamba- nos cuenta el dueño de un restaurante que abrió temprano. – La fiesta de la media naranja, allí todo Tarma se va a bailar- Concluye.

En la plaza el momento más importante de la procesión está por llegar, las andas se encontrarán a la altura del edificio de la municipalidad. Mucha gente se adelanta para  ubicarse en el mejor lugar y así poder ver el encuentro.

Las alfombras por las que pasó el Señor terminaron revueltas, algunos recogen los pétalos y arrancan ramas de hojas verdes de los arcos. Dice la creencia popular que quien golpea suavemente la boca de un infante con las hojas de la rima, el niño empezará a hablar bien o dejará la tartamudez.

Por fin llegó el momento crucial, ahora las dos imágenes están frente a frente; la de Santa María Magdalena se inclina lentamente y pasa. La gente aplaude y canta. La banda comienza. En un rato más ambas volverán a encontrarse, pero esta vez en la puerta de la catedral; y así la procesión habrá terminado por un año más.

Es domingo de Resurrección, el día más feliz del calendario católico, y la atmósfera de la plaza de armas de Tarma es atravesada  por estampas de todas las pasiones. La fiesta religiosa ha concluido y las otras celebraciones también. Dejó la primera, un lastre de flores húmedas revueltas en los asfaltos y un cálido aroma a incienso; y la segunda, sobrevivientes de las huestes de la parranda.

Cerca del medio día las agencias de buses se atiborran de gente con equipajes y mochilas al hombro, son los forasteros que emprenden camino de retorno siguiendo a los que se fueron el día anterior o esa misma mañana muy temprano.

En unas horas, al caer la noche, la ciudad volverá a ser la de siempre. La celebración de Semana Santa habrá terminado para los que rezaron y se recogieron, para los que viajaron a conocer y experimentar las diversas expresiones de fe del interior del país; y para los otros, los lugareños, que luego quizá, de rezar tanto y de tanto conocer optaron por un ciego festejo entre licor y jaranas hasta amanecer a cuerpo tendido en las aceras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La mariposa de invierno

Resbalándose como una gota sobre una pequeña roca de hielo, encontró a una chica despreocupada de todo luciendo un par de alas enormes y de hermosos colores. Era una mariposa y Pepita no sabía de dónde podía haber salido a esas alturas del invierno.La joven seguía dándose de volantines sin atender a su llamado hasta que al fin escucho,¿es a mí?, se preguntó y vio a lo lejos a una señora hormiga cargada de cosas que la miraba.
_ ¡¿Me llama usted, señora?!.- Gritó

Pepita le hizo señas con el brazo para que se acerque y la chica fue hasta ella.

_ Dime niña, ¿no tienes frío?, ¿dónde están tus padres?, ¿qué haces por aquí?…

_ No tengo frío, no sé dónde están, quiero ser bailarina de ballet. Mi nombre es Gaby y ¿usted?.

_Ah, mucho gusto Gaby, yo soy Pepita la hormiga, pero… ¿cómo es eso que no sabes dónde están tus papás?.

Gaby contó a la señora hormiga que había sido olvidada por descuido por sus padres cuando todavía era una crisálida y que vio la primera luz del mundo totalmente sola en medio de ese crudo invierno. Lo peor de todo era que la pobre muchacha no sabía qué era: ¿Un gusano?, ¿una liebre? O ahora que veía a la señora ¿quizá una hormiga?.

Se sentaron al borde de un camino y comieron algo de lo que doña Pepita llevaba.

_ Usted creerá que yo soy un monstruo pero fíjese que soy hormiga como usted, sólo que no sé porqué tengo este par de alas tan inútiles y pesadas.

_ ¡Oh no!.- Exclamó sorprendida doña Pepita.- ¡Pobre niña, no eres una hormiga!, ¡tú eres una mariposa, hija!, ¡la más bella entre nosotras!.

_ ¿Y qué es eso dijo la distraída mariposita?

_ ¿No sabes qué es una mariposa?.

_ No las conozco.- Dijo ella.

_ ¡Ay Dios!.- Se lamentó doña Pepita.- Es una familia de insectos como nosotras pero que son famosas porque tienen un par de alas envidiables. Algunas de tu grupo son muy melindrosas pero también las hay sencillas… claro que nunca pensé encontrarme a una tan silvestre como tú…

_ ¡Ah, no sabía!.- Respondió Gaby no muy afectada por lo que acababa de decir la señora hormiga.- Lo único que quiero es ser bailarina de ballet o ser experta en patinaje sobre hielo, pero para eso tendré que quitarme este par de alas inútiles.

Pepita había notado que su par de alas estaban bastante maltratadas, así que invitó a Gaby a casa, a ver si ahí ella y sus hijas la arreglaban un poco. En vista que Gaby contó que pasaba la noche donde podía, doña Pepita le ofreció ir a su hogar y fueron juntas hasta allá.

En casa todas las demás hormiguitas se ocuparon de lavarle las alas y la dejaron como una princesa. Al fin le alcanzaron un espejo y le dijeron todas a la vez:

_ ¡Mírate en este espejo, Gaby, y sabrás lo que es una linda mariposa!.- Gaby tomó el espejo y se contempló, vio un par de alas enormes y deslumbrantes, eran de color amarillo, negro, rojo y azul.

_ ¡Pareces una artista!.- Gritó la más pequeña de las hormigas.- Gaby se quedó en silencio por unos instantes y apenas pudo decir:

_ Guau…

Antes de que anochezca las chicas le invitaron a subir a una rama de árbol para contemplar la llegada de la noche, por supuesto Gaby no sabía lo que era eso.

_ ¡¿Cómo que no?!.- Le preguntó la hormiga Valeria, tan joven como ella y un poco envidiosa porque no tenía la suerte de llevar el par de alas que su nueva amiga tenía.

Le explicaron todas qué cosa era el crepúsculo y fueron hasta el árbol para poder verlo.

_ Como es invierno no es posible verlo en todo su esplendor.- Comentó Vanesa, otra de las hormiguitas.

_ ¡Como en primavera!.- Comentó Laura.

_ ¿Primavera?.- Repitió Gaby sin saber lo que era.

Las hormiguitas se miraron entre ellas sin saber qué decir, al fin la más cauta entre ellas trató de explicar:

_ En la primavera el sol sale todos los días, nacen las flores, las ardillas saltan de un lado a otro, los patitos salen a pasear con mamá pata y ustedes las mariposas están por todas partes junto a las flores.

_ ¡Ustedes las mariposas son hijas de la primavera!.- Exclamó Valeria.

_ ¡¿Sí?!…- Dijo ella sorprendida.- ¡Pues yo no soy hija de la primavera, yo soy una mariposa de invierno!.

Las hormiguitas se rieron todas y decidieron desde ese día preparar a la ingenua mariposita para recibir la primavera. Todas las mañanas salían a trabajar y enseñaron a Gaby a conseguir alimentos y a dejar limpia la casa antes de salir.

Con ellas Gaby aprendió mucho y quedaron atrás los días enteros en los que se dedicaba sólo a resbalar sobre los trozos de hielo y nieve maltratándose las alas.

Una madrugada las hormiguitas prepararon tortas y dulces antes de que Gaby despertara y  apenas nació el primer rayo de sol la despertaron para darle la bienvenida a la primavera.

Voló ella hasta la ventana de su dormitorio y encontró un hermoso jardín lleno de flores, el cielo celeste y muchos otros animalitos que aún desconocía. Vio también otras hormigas con alas y supo al fin que eran mariposas tan parecidas a ella.

_ ¡Bienvenida a la primavera!.- Gritaban todas las hormiguitas sosteniendo un cartel que anunciaba la bienvenida.

Desde entonces Gaby no supo si aún quería ser bailarina de ballet o una excelente patinadora sobre hielo porque ahora lo que menos había era nieve y hielo, pero fue muy feliz por haberse reencontrado con su familia y porque al fin y al cabo la primavera era mucho más bonita que el invierno.

 

           

                                                                                             

 

Huellas y cenizas

Llegaron a las siete de la mañana y como de costumbre los recibieron con panes y leche caliente. Tenían los zapatos empolvados de tanto caminar.

En el pueblo todas las casas eran de quincha y de un solo piso; los rayos de sol caían sobre los tejados y calaminas de las casas y en las tardes calentaban las cabezas de los campesinos que caminaban a paso lento por las calles sin asfalto, de regreso a casa luego de haber vendido sus pollos, gallinas, huevos y leche en el mercado.

Aquella mañana todavía algunas gotas de rocío caían de las calaminas y se sentía el ruido del agua de la pequeña cequia que corría al borde del camino; Tina, la hija de la cocinera, les abrió la puerta y  los condujo por un caminito estrecho que se abría entre los huertos. En una esquina una refrigeradora y encima de ella una pequeña llama de adorno, les daba la bienvenida en el recibidor; los muebles estaban cubiertos con mantas de colores y el olor a leña completaba el ambiente hogareño.

_ ¡Hola Lourdes! – al fin gritó una voz desde un pasillo al fondo; era don Armando, el dueño de la casa, que venía de ordeñar las vacas y de recoger el pasto.

_ ¡Saluda Braulio!.- Dijo Lourdes luego de estrecharse en un abrazo con su tío.

_ ¡Hola Braulito, qué grande estás!.- Comentó don Armando tras abrazar al muchacho. – ¿Y ésta?, ¿Es Angélica?.- Preguntó al ver a una muchacha de largas trenzas que sonreía tímida de pie junto a la puerta.

_ Sí, tío, es la Angélica, ya tiene catorce años y me acompaña a todas partes.

Pasaron al comedor y sobre la mesa familiar de roble maciza encontraron cuatro jarros de humeantes con leche y biscochuelos sobre las paneras, la tía Luisa que ya los había oído, los esperaba  sonriente sentada en la cabecera.

Luego del desayuno y tras una larga plática fueron al fin, al cuarto de huéspedes donde siempre los alojaban, el conocido cuarto oscuro.

_ Bueno pues, de vuelta a este cuarto.- Dijo Lourdes ni bien cruzó el umbral de la habitación.

La única ventana permanecía cerrada de día y de noche y los muebles de madera negra terminaban de completar la absoluta oscuridad que reinaba en ese lugar.

_ Aquí hasta el aire es oscuro.- Comentó Lourdes ya acostumbrada. Sobre la cómoda descansaba una urna cuadrada de vidrio con marcos negros; dentro se podía ver la imagen del Niño Jesús Ayacuchano, un San Martín de Porres, San José, La Virgen y una pequeña estatuilla de San Hilarión. Al costado de la urna un cráneo de difunto cubierto por una ceda roja parecía custodiar todo lo que había alrededor, Braulio lo miraba con profundo recelo.

UN ropero negro ocupaba casi toda la pared enfrente de la ventana cerrada. Decían que detrás de él había un agujero en la pared, tapado con un pantalón de niño y un hueso.

Braulio se echó en una de las camas mientras que Lourdes y Angélica se  recostaron en la otra.

 

Por culpa de un resfrío doña Martha, de noventa y ocho años, había muerto súbitamente hacía unos días y Lourdes su sobrina nieta, había llegado a visitarlos y darles el pésame aunque también para algo más.

Antes del medio día cruzaron el patio en el que paseaban despreocupadas alrededor de veinte gallinas y tres patos, y dieron con la puerta de la habitación en la que murió doña Martha, a diferencia de la de huéspedes, ésta era luminosa, tenía dos ventanas grandes de cortinas blancas que volaban al viento y la recámara era crema tal como la cómoda y el ropero.

Don Armando y doña Luisa permanecieron un instante en silencio mientras Lourdes barría con una pichana los rincones del cuarto. Braulio y Angélica ayudaban a su mamá con el recogedor.

Luego de barrer, Lourdes roció ceniza por el piso de toda la habitación e invitó a los presentes a retirarse para cerrar la puerta.

Todos salieron entre murmullos y las risitas de Braulio y Angélica que en medio de todo encontraban gracia a lo que su mamá hacía.

Cuando la luna ya brillaba solitaria en medio del firmamento, todos volvieron al cuarto y como escalofriante respuesta venida de  extrañas dimensiones encontraron sobre la ceniza rociada unas huellas de zapatos perfectamente dibujadas.

_ Ajá – dijo Lourdes sin la menor sorpresa.- Son las huellas de los que seguirán a doña Martha.

Los demás permanecieron en silencio presos de asombro.

_ Tú nos estás haciendo una broma.- Trató de explicar don Armando

_ No tío, esto es verdad.- aseguró Lourdes.- los espíritus de quienes morirán siguiendo a mama Martha han venido hoy y han dejado sus huellas. Primero la huella de un zapato grande de varón, luego la huella de un taco pequeño de mujer y después  la huella de un zapato de niño.- dijo, señalando cada una de las huellas.

Doña Luisa para distender el ambiente comentó con una sonrisa:

_ ¡Pero si esta Lourdes tiene su gracia, ah, jajajaja!, no hagan caso a su mamá, chicos!. Braulio y Angélica sonrieron ocultándose la boca entre las manitas.

_ Tía Luisa.- dijo Lourdes – no te rías tanto que los Apus se van a molestar. Esta advertencia no hizo más que provocar más risotadas entre los presentes.

_ Espero que en la noche no vuelva a soñar con candela en el cuarto oscuro.- recordó Lourdes.

_ Tú eres la única que tiene esos sueños raros.- comentó escéptica doña Luisa.

_ Pues qué culpa tengo, tía Luisa, sueño con fuego y eso es porque algún tapado hay en ese cuarto negro.- dijo Lourdes convencida.

 

Una vez que estaban todos acostados preguntó Braulio a su mamá lleno de inquietud:

_ Mamá y ¿ese zapato de niño no sería el mío?

Lourdes rió y aseguró a su hijo que no.

_ No Braulio, estoy segura que no eres tú hijo.

Pocos minutos después todos dormían confiados y reinó el silencio.

 

A la mañana siguiente después del desayuno con leche caliente y tamales, Lourdes describió detalladamente su sueño de esa noche, contó que ardió fuego como nunca al pie de su cama y que una mujer le pedía que se levante para que le siga.

_ Ustedes tienen que buscar ese tesoro, están perdiendo plata.- Pronosticó sin la menor duda.

_ Puede ser..- Comentó doña Luisa con la mirada perdida en los cerros que se veían por la ventana del comedor.

Poco después Lourdes y sus hijos salieron de regreso a su pueblo.

_ Ya van a ver que no miento, me van a avisar cuando muera el hombre de zapato grande.- gritó Lourdes ya en la puerta de salida.

_ ¡Ese zapato es mío!.- bromeó don Armando alzando el brazo con su  sombrero en la mano en ademán de despedida.

 

 

 

 

Lucía

En una ciudad muy parecida a ésta pero en la que los días eran más largos que las noches, vivía una niña llamada Lucía a quien todo mundo llamaba ‘Pelusa’ porque sus cabellos eran lacios y finos como la pelusa. Un buen día fue invitada a un cumpleaños en una casa muy grande; era el cumpleaños de su amiga Raquel.

Fue así que sus papás la llevaron a la cita.

Apenas llegó, Pelusa quedó fascinada con la mansión pues curiosamente tenía tres patios, tres piscinas, tres jardines, tres pisos y en cada piso tres habitaciones y tres ventanas en cada habitación.

La fiesta de Raquel se hizo en una de las tres salas y en uno de los tres jardines. Todos los niños jugaban y corrían y gritaban; pero Pelusa -perdón, Lucía-, inquieta y muy curiosa, quiso visitar los otros ambientes de la enorme casa y se fue por un caminito que la llevó a una sala enorme que tenía tres enormes ventanas y tres escaleras.

Como vio que no había nadie subió por una de las escaleras al segundo piso donde encontró tres habitaciones con las puertas abiertas.

Sin pensarlo entró a la primera habitación, una pequeña de paredes celestes en la que había una cunita también celeste, lo que le llamó mucho la atención.

Pelusa se asomó a la cuna y no encontró a ningún bebé, entonces miró los estantes y vio que estaban llenos  de trenes, carritos, avioncitos entre otros juguetes de niños. Pelusa decidió quedarse ahí por un largo rato aunque notaba que esos juegos no la divertían mucho, aunque estaba contenta de que nadie la echara de ese cuartito como sí pasaba en su casa cuando quería entrar al dormitorio de su hermano menor.

Tan pronto como se aburrió dejó los juguetes en desorden y salió rumbo a la habitación de a lado. Esta era diferente, era mediana mucho más bonita, tenía paredes rosadas y muchas tasitas, ositos, cocinitas y sobre todo una veintena de muñecas que la miraban sonrientes desde lo alto de un pequeño estante. Lucía no lo pensó dos veces y se paró en una sillita rosada para sacarlas, por fortuna esta la sostuvo mientras caían una a una todas las muñecas al suelo pero ni bien bajó la sillita se rompió.

Asustada por lo que había hecho pensó que en salir de ahí y fue a la otra habitación; ésta era mucho más grande y tenía paredes amarillas, una cama muy grande como la de sus papás y no había juguetes salvo unos polvos y lápices de labios sobre el tocador que alcanzó empinándose y con los que se pintó los labios con muy mal pulso para luego mirarse en el espejo.

También encontró muchos zapatos grandes que tenían tacos largos como usaba su mamá y unos collares y unos guantes y faldas y tantas cosas que la tenían muy fascinada porque eran auténticas y no simples juguetes. Intentó ponerse los zapatos y caminar con ellos aunque pronto caía al piso porque le quedaban muy grandes.

Luego de sacar ropas, tirar los collares y echar a perder los cosméticos del tocador se sintió un poco cansada y pensó en que debía volver a la habitación rosa, que era mediana y tenía las muñecas y  los ositos que tanto la divertían, pero ni bien entró al cuarto quiso echarse a dormir en la fabulosa camita mullida y de colcha rosada que la invitaba a recostarse despreocupada de todo.

Mientras tanto, afuera en el jardín por fin había caído la noche y la fiesta estaba por terminar.

Los chicos dejaban de jugar y se iban con sus papás; sin embargo, el papá de Pelusa estaba intranquilo porque no la veía por ningún lado.

Raquel y sus papás la empezaron a buscar por todas partes, la casa era tan grande que tuvieron que ayudar otras personas más hasta que al fin la familia completa y rendida subió al piso de las habitaciones. El papá de Raquel entró al cuarto del bebé y notó que sus carritos y trencitos estaban dispersos en el suelo, entonces dijo: “Alguien ha entrado a la habitación de mi hijo”.

La mamá de Raquel entró a su cuarto y quedó muy enojada al ver sus cosméticos y collares por los suelos y sus zapatos todos dispersos bajo la cama. Sorprendida exclamó: “Alguien ha entrado a nuestra habitación”, cuando de pronto escuchó llorar a la pequeña Raquel que decía: “Alguien ha sacado mis muñecas y las ha dejado tiradas en el piso y alguien duerme en mi cama”.

Los tres se asomaron y encontraron a Pelusa subida en la camita de Raquel, el llanto de la niña fue tan sentido que  Pelusa despertó y llena de susto dio un brinco de la cama muy avergonzada.

Raquel y sus papás la tomaron consigo y la llevaron con el papá que muy nervioso y preocupado esperaba afuera. La niña pidió disculpas y prometió nunca más meterse en lugares donde no la invitaban. Los papás de Raquel le dieron la sorpresita del cumpleaños y aliviada volvió Pelusa con su papá a casa.

 

Las hijas de Zoe

pict5658zamegljenapDebajo de la acogedora tarde amarilla, en la que se veía caer el sol, hablaba él, sentado, taciturno, mirándome a través de sus enormes ojos pardos que brillaban con animosidad porque más que mirarme se veía así mismo en sus recuerdos, sobre la alfombra de hojas secas caídas de los árboles, que reposaban, allá abajo, lejos de nuestro balcón.

_ Y ¿te conté sobre las hijas de Zoe? – Me repitió.

_ Ah sí, me hablaste, abuelo, me contaste…

_ Sí… ellas eran dos, Gloria y Flor…

Escuché su voz dulce y áspera, como la corteza madura de un árbol, contándome lo que ya sabía. Me acerqué la taza de té y bebí un sorbo.

         Flor era la más intrépida, vivía en la casa de sus abuelos, con su hermana y su madre. Todas las tardes subía al árbol de cerezo que tenía en el huerto y desde ahí me silbaba para salir a jugar.  Salía yo con ellas.

Hablaba animoso, y abría los ojos y los brazos para acompañar  los destalles de tu relato. Miraba el vacío y un punto en el asfalto como quien ve un oráculo.

La tarde avanzaba al ritmo sereno de sus palabras y yo, jamás perdía el gusto por oírle.

A esas alturas había olvidado el té y las galletas mientras decía: Un día nos fuimos al cerro, subimos bastante, y los lugareños nos empezaron a decir ‘ ¿A dónde van? Mejor bajen porque  los pistachos los asustarán’. Quién iba a saber lo que era eso; pero Gloria sí sabía; ella era la más grande y sabía que eran esos hombres que les cortaban la cabeza a los chicos.

_ Ah – Sonreí cual si  escuchaba por primera vez el episodio Acerqué su taza de té a sus manos y le ofrecí unas galletas.

_ ¡Qué haces aquí escuchando las historias del abuelo! – Me dijo Octavio al oído; había venido a susúrrame eso con impaciencia – ¡No te das cuenta que repite siempre lo mismo!

_ ¡Claro que me doy cuenta, Octavio! – le increpé en susurros mientras el abuelo seguía hablando – ¡Ahora vete!.

Octavio salió corriendo como el demonio cuando huye de la cruz.

_ ¡Ese muchacho! – exclamó el abuelo, viéndolo salir – Así es… ¡no sé qué hace todo el día!.. Esa edad tenía yo cuando salía con las hijas de Zoe.

_ Abuelo y…  – al fin pregunté lo que nunca había preguntado tras tantas veces haber escuchado sobre las hijas de Zoe – ¿Quién era Zoe?

_ ¡Ah Zoe! – exclamó alegre porque le había preguntado – ¡Zoe era de Cuba, había venido con  sus padres al Perú!… Era nuestra vecina. ¡Era hermosa!… Mi padre la quería mucho… pero ella no. Mi padre era un hombre trabajador, joven, viudo… pero fueron buenos amigos y con ella aprendió a bailar el chachachá. ¡Cómo le gustaba a ella bailar el chachachá!. Zoe se casó con un infame que la abandonó y la dejó con sus dos hijas, Gloria y Flor…

_ Ah… – Dije a lo que siguió un breve silencio. Suspiró y siguió mirando la calle cubierta de hojas amarillas. El sol seguía agonizando y sus rayos se abrían entre las ramas de los árboles. Al fin retomó:

_ Flor y yo llegamos a ser enamorados. Hasta que su madre la mandó a estudiar medicina a Cuba. Nos escribimos un tiempo… hasta que un día me dijo que rompía la relación. Que se casaba allá.

_ Y ahí fue cuando conociste a mi abuela…

_ A tu abuela la conocí cuando estaba en la Universidad. Era la hermana de un compañero mío. Estaba decidido a tener familia y me casé con ella.

_ Y ¿qué fue de Gloria?

_ Gloria… era más grande;  nunca se casó.

Llegó la noche, pero el abuelo seguía ahí, sentado frente al balcón, sin ver, con los ojos puestos en Zoe y las hijas de Zoe. Nada lo dispersaba, hasta que le pregunté:

_ Abuelo ¿no tienes frío?

_ No, no tengo frío…  – dijo sonriéndome y siguiendo con la historia.

_ Unos años más tarde, Gloria y Zoe, su madre, se fueron también a Cuba. Mi padre fue en dos ocasiones a verlas…

Escuché la voz de mamá. Llegaba con una amiga que se sentó en mi lugar, mientras iba yo a ayudarle en la cocina.

Escuché que platicaban y escuché un poco más y un poco más, mientras ayudaba a mamá a poner los panes en la panera, a sacar la leche del refrigerador y a poner los cubiertos sobre la mesa:  ‘Las hijas de Zoe’, decía una vez más ‘Eran dos… yo jugaba con la menor, Flor…’.

Nos sentamos a la mesa y él retomó la plática con la amiga de mamá, la misma que alternaba la plática con el abuelo y otra plática con nosotros.

_ ¿Qué edad tiene? – Nos preguntó en susurros.

_ No venta  – Dijo mamá.

_ Flor jugaba conmigo, íbamos al parque cerca de casa. En sus cartas decía que me amaba hasta que dejó de escribirme seguido y Gloria ya no venía con frecuencia. Una tarde, luego de seis meses, llegó un sobre y ahí me decía: ‘La distancia y otras circunstancias han hecho que nuestra relación no continúe’. Y bueno pues, qué iba a hacer yo. Se casó y yo conocí a mi esposa un año después, en una fiesta, era la hermana de un compañero… .

La Nuria escondida

La niña pequeña la encontró un día dentro de un agujero negro, detrás de la puerta del cuarto de bicharra, un cuarto oscuro de piso de tierra, donde las cocineras cocían carne y hacían la sopa en grandes ollas de barro.
La pequeña la miró y sin reparos estiró su manita para tocarla y con el esfuerzo cayó de panza junto a ella.
_ Ah… es la Nuria escondida – Dijo la cocinera gorda que sentada sobre una piedra movía el batán para moler ajos blanco.
De eso la niña no recuerda nada. El otro día, un viernes de lluvia, acompañó a la cocinera gorda, ahora canosa y más vieja, hasta el mismo cuarto oscuro y la volvió a ver. Esta vez se pegó un susto que la puso pálida y casi al borde del desmayo.
La cocinera gorda la sentó en una silla y le dio palmaditas en sus mejillas rosadas.
_ ¡Pásame un huevo! – Me dijo.
Tomé de la canastilla de huevos de gallina uno recién recogido del corral.
_ ¡Eso! – Dijo ella sonriente mostrando sus dientes grandes y echándose las trenzas negras hacia atrás.
Tomó el huevo con una mano y lo pasó por la cabeza de la niña, luego por la cara, las orejas, el cuello, el pecho, los brazos, la espalda, las piernas; mientras movía los labios como quien reza una oración entre dientes. Al fin paró.
_ ¡Tráeme un vaso con agua! – Me ordenó.
Abrió el huevo y lo vertió en el vaso con agua.
_ ¡Le quité el susto! – Dijo al fin aliviada.
La niña nos miraba en silencio con sus grandes ojos negros y sólo se animo a preguntar cuando la volvió a ver pasar:
_ ¿Quién es ella?
_ ¡Es la Nuria que siempre para escondida ¿no te acuerdas?! – Respondió la cocinera gorda mientras la tortuga pasaba lentamente por el medio del cuarto oscuro de la bicharra, un cuarto de piso de tierra.